Con él llegó el voleibol

Una de las más penosas tareas del periodista consiste en pensar con qué sorprender a sus lectores, antes era al día siguiente y ahora, debido a las redes sociales, al minuto después.

En ciertas ocasiones el trabajo se te da hecho, bien por el desenlace de acontecimientos programados o, lamentablemente, por sucesos inesperados. La muerte de Damián Seguí responde a esta última categoría.

Le conocí hace ya demasiados años. Yo dirigía vocacional, pero no por ello sorprendentemente, las secciones deportivas del diario Ultima Hora y Radio Juventud. El había encontrado la manera de liberar su pasión por el voleibol y acababa de reunir a camareros y otros empleados del predio Son Amar, que convirtió en sala de fiestas con espectáculo para turistas, para componer un equipo en el que, inicialmente, también se atrevió a formar. Y no paró hasta contagiarnos a todos aquella obsesión que desembocó en insólitas escenas por las calles de Palma donde se veía a niños practicando en sus barrios con cualquier pelota y una cuerda atada entre dos palos o donde se pudiera.

Llenó el antiguo pabellón del Polideportivo San Fernando donde se batió contra el Real Madrid en un partido histórico y no descansó hasta ir con su equipo más allá de los Pirineos. No tuvo más amores que su esposa, ni más aficiones que el «volley». Omitiré otros datos del pasado de los que ya se encargan otros medios, como su lucha contra las instituciones, la creación del C’an Ventura, etc. Nada de todo esto me parece lo suficientemente importante. Por el contrario estos árboles no deberían impedirnos ver la inmensidad del bosque que sembró: sin él es posible que este deporte jamás hubiera calado en Mallorca.

Gracias y buen viaje, terco gruñón.