De Villarriba a Villabajo

El fútbol en particular y el deporte en general no escapan del uso que de ellos ha hecho y hace la politica. El Mallorca fue el equipo de la clase pudiente desde la zona alta de Palma, Santa Catalina y alrededores, mientras el Atlético Baleares representaba a la clase obrera, con sus reales en la barriada dels Hostalets. Lo mismo ocurrió con el Barça y el Español, su bien era el blanquiazul el equipo de los ricos, el Real Madrid y el Atlético. Al final, como siempre, se imponen los resultados. Los blaugrana se impusieron a los «pericos», los «merengues» ganaron cinco Copas de Europa en tiempos de Franco y los «barralets», con local social en la Plaza Pio XII, hoy Juan Carlos I, y estadio en Es Forti, se consolidaron a raíz de su ascenso a Primera en 1960.

La historia recuerda las arengas de Hitler a los atletas alemanes, arios tal vez, en la Olimpiada de Berlín en 1936 pero, sobre todo, la rivalidad entre Estados Unidos y la URSS en plena guerra fría al punto de que los soviéticos acabaron por crear unos juegos paralelos, la Universiada, donde ganaban más medallas. Y en los anales del ajedrez figuran las partidas de ajedrez entre Fischer y Karpov como símbolo de la superioridad de una alianza sobre la otra.

España también libró sus batallas. En el NO-DO que se proyectaba en los cines antes de la película en cartel, Matías Prats, el viejo, narraba la confrontación entre el combinado patrio e Inglaterra como la pugna frente a la «pérfida Albion». Y en toda la piel de toro, archipiélagos incluidos, se celebró con grandes despliegues el título continental obtenido sobre la Rusia de Yashin (2-1), gracias al famoso «gol de Marcelino» aun reproducido en documentales televisivos. Fue en 1964 y en el Santiago Bernabéu, dónde sino, en tiempos de televisión en blanco y negro.

No queda mucho de todo aquello. Tal vez ciertos toques de fanatismo por lo que se refiere a la rivalidad entre villas, pueblos y ciudades cercanas. Herencia de una vieja cultura de la desunión, pero descafeinada. Algo así como la prueba del detergente entre Villarriba y Villabajo. Y siempre gana la de arriba, claro. ¿O no?.