Ni Mateu Lahoz, ni el más pintado

Mientras están en activo los árbitros de fútbol practican una especie de corporativismo cubriéndose unos a otros, relación se que se rompe al colgar el silbato para convertirse en críticos, para bien o para mal, de sus antiguos compañeros, ya sea en medios escritos, verbales o audiovisuales. Unos procuran expresar prudentemente sus opiniones, legítimas en cualquier caso, y otros parecen olvidar las pifias que ellos mismos cometieron antes de cambiar el pito por el ordenador, el micrófono o la cámara.

En boca de todos ellos está estos días Mateu Lahoz, el controvertido colegiado valenciano considerado el número uno entre sus colegas, con la escarapela FIFA y nuestro único representante en el Mundial, donde la lió en la eliminatoria Paises Bajos-Argentina y repitió polémica en el reciente Barça-Espanyol. Inició y agrandó su carrera con un estilo personal más permisivo de lo acostumbrado o, quizás, menos dado a caer en las trampas que a menudo usan los futbolistas para engañarles. Con él no valían los trucos, no picaba.

La peculiaridad le hizo popular. Captó el interés del periodismo deportivo amarillo y apareció en algunos programas de televisión de entretenimiento, algo insólito en su profesión. Y ahora, en los últimos coletazos de su trayectoria, le han sacudido la badana y no digo que, ocasionalmente, sin razón.

Pérez Burrull, cántabro, ha usado para ello un pobre argumento: «el árbitro no debe ser el famoso». Supongo que quiso decir el protagonista, circunstancia inevitable en España sobre todo cuando diriges al Real Madrid o el Barça, pero, salvo excepciones, ningún «trencilla» desea llamar la atención. Guruceta también fue una estrella o el italiano Pier Luigi Collina.

El punto en el que, para mi, se ha equivocado Mateu es en lo que algunos han calificado como una «humanización» del arbitraje que, para mi, es un deseo impropio e inoportuno de sentar cátedra sobre el terreno de juego y andar explicando in situ cada una de sus decisiones. Principalmente porque no hay por qué dialogar con nadie salvo los capitanes pero también porque contribuyes a un desperdicio total del tiempo ya bastante perdido entre consultas al VAR, levantar banderines en fueras de juego esperando que termine la acción por claro que sea, esperar a que desde la cabina se revisen todos los goles por limpia que haya sido su ejecución y otras idioteces similares. Del Cerro Grande se ha perdido igualmente en estas inútiles disquisiciones.

Lahoz, como el resto de árbitros, se equiviocará una y mil veces más y ni él ni el más pintado evitará ser la diana de equipos derrotados y aficionados exaltados. Pero lo que hace ahora -recordemos el «me debes una» a Enes Unal en el Getafe-Mallorca de la pasada temporada- no es humanizar nada, sino explicar el reglamento en el tiempo y lugar que no proceden.