Olimpiada de sofá
Seamos sinceros todos. Si, he dicho todos. Los Juegos Olímpicos concentran la atención de los medios de comunicación internacionales. No se escapa ninguno, la radio, la televisión, la prensa e incluso el gran demonio de las redes sociales, se ven prendidos por la llama de una cita cuatrienal que capta todas las miradas sobre su ceremonia inaugural y se difumina después entre las minorías que siguen cada una de las treinta y tres disciplinas aceptadas en la presente edición, más otros tantos derivados como voley playa, baloncesto 3, buceo, kata o kumite, etc, etc.
Aquí hablamos de mayorías y, aburrimiento aparte (no hay quien aguante una transmisión de tiro con arco, por poner un ejemplo, o de skate), me temo que le dedicamos al evento más papel, personal y horas de las que realmente pasamos delante del televisor. Claro que habrá quien siente reales sobre su sofá a la hora del levantamiento de pesas, sobre todo quien practica en su gimnasio, pero los aficionados de a pié al deporte en general, que ya es mucho decir, no resistimos ni un Brasil-Costa de Marfil de fútbol sub 21 y si soportamos uno de baloncesto es porque juegan selecciones punteras y solo cuando interviene la nuestra, la de cada uno.
Descendamos a la realidad. Cualquier título mundial de la especialidad que queramos escoger trasciende más que una medalla de oro, cuyos laureles mediáticos se conceden por acumulación. O sea, si un solo deportista obtiene siete «oros» y aunque caiga alguna plata, da la vuelta al mundo, pero de una sola presea, metal al margen, solo se acuerda quien la ganó, sus familiares y los medios de su región. Es así de triste, así de crudo, así de injusto, así de inmerecido y así de cierto.
Ni el vídeo mató la estrella de la radio, como cantaban The Buggles, ni la televisión es capaz de suplir la ausencia de público o convertir en diversión un deporte aburrido.