Rafa, el mito

Los deportes de equipo son más proclives a la sorpresa, de hecho se da alguna pese a la superioridad técnica de un conjunto sobre el otro. Los presupuestos marcan diferencias, pero se dan ocasiones puntuales en las que por diversas circunstancias la lógica se hace mil pedazos.

En las disciplinas individuales es más difícil. El judoka fuerte gana al débil, el boxeador más potente vence al frágil y el tenista con mejor condición física, técnica y mental supera al inferior en alguna de las tres facetas.

El décimo cuarto «Roland Garros», su vigésimo segundo gran slam, de Rafael Nadal no tuvo color. El mallorquín lo había ganado en cuartos de final cuando barrió de la Philip Chatrier a Novak Djokovic. Zverev era una piedra en el camino que, si, había que sortear y Ruud, por muchos torneos que haya ganado sobre el polvo de arcilla, no era enemigo para una final de estas características.

Fue la victoria sobre el tenista serbio la que rompió las quinielas. La mía no fue la única. La de ayer, por el contrario, era un «uno» claro. No merece la pena entrar en el tupido bosque, casi una selva, de las lesiones sufridas por el de Manacor a lo largo de su carrera, puesto que las ha superado todas. Incluso las psíquicas, que también las hubo. Cuando uno rebasa los límites de su propia historia, pasa a formar parte de la leyenda y esta  abarca los confines difusos de la mismísima irrealidad.