A propósito de Biles

Djokovic ha recibido un montón de palos por confesar su método para controlar la presión que sufre un deportista de élite como él. Lo hizo a cuento de la retirada de la joven Simone Biles, la joven plusmarquista norteamaricana que no pudo superar el peso de la responsabilidad de conseguir medallas en paralelo a su capacidad demostrada y gestas precedentes. Cuando entrenaba al Mallorca Luis Aragonés decía que la presión se la pone uno mismo y es imprescindible para competir. Y Héctor Cúper, preguntado al efecto, respondía que  para presión la de un trabajador y padre de familia cuyo salario no le llega para alcanzar el fin de mes.

Ya ven que el abanico de actitudes ante un mismo problema es tan amplio como que cada individuo reacciona de distinta manera ante un mismo problema o dificultad. Felizmente. Si todos hiciéramos lo mismo el mundo, la vida, la sociedad, sería un aburrimiento insoportable. Pero yo creo que lo sucedido en Tokio con la pequeña gimnasta pone de relieve un trasfondo mucho mayor y es el de creernos imbuidos de suficientes conocimientos y, sobre todo, verdad, para impartir cátedra. Y esa verdad solamente la conoce ella, como la nuestra cada uno de nosotros. La lección es que mientras cualquier ser prescindible, como lo somos todos, se muestra convencido de que su vida gris y lo que en ella le acontece puede interesar a alguien que no sea a si mismo, ni siquiera ego sino tontería, las personas que verdaderamente destacan exhiben su humildad y sus debilidades sin rubor. Y esto ha hecho la ganadora de una medalla de bronce que ha renunciado a tres de oro para gritar: si, soy humana y soy frágil, pero sigo luchando.

Y esta valentía, nunca inconsciencia, no desacredita ni a Djokovic, ni a Aragonés, ni a Cúper. Cada uno es cada cual y cada cual es cada uno.