¡Arriba el telón!
Ahora que se han terminado las pachangas recaudatorias de la FIFA, podemos empezar a hablar del Mundial. Si, charlotadas en general por mucho que admiremos el sacrificio de los condenados Cabo Verde, Senegal, Ghana, etc, sin entrar en decisiones arbitrales discutibles aunque no discutidas que las elegidas Argentina, Francia, o Brasil no precisaban. Solo ha fallado Alemania con menos estrépito que Italia, desclasificada previamente. Suena Klopp, recambio para todo banquillo vacío.
Lo que nos ocupa y preocupa es el España-Portugal de mañana. Seamos sinceros. Nos haya gustado o no, la Selección de Luis de la Fuente todavía no ha competido con nadie. Pero aquí no se trata de agradar, sino de ganar, Demichelis dixit. Parodiando la famosa frase de Gary Lineker «el fútbol es un deporte sencillo, juegan once contra once y siempre gana Alemania», la podríamos transformar en «el fútbol es un deporte sencillo, juegan once contra once y antes de empezar siempre gana España».
Sorprende que los más poderosos clubs españoles se gasten millones que no pueden pagar en futbolistas extranjeros más caros, pero no mejores. Oyarzábal, sin buscar más allá, sería un magnífico recambio de Lewandosky por encima del tal Gordon del Newcastle. No sé cuánto ha tardado Florentino en recurrir a Cucurella, pero se ha olvidado de Pedro Porro mientras cavilaba sobre la mejor manera de despedir a Carvajal. La nieve de los Pirineos no ha impedido que nos hayan birlado a Fabián, Zubimendi, Merino y no digo a Raya porque es suplente de Joan García, aunque el titular sea Unai Simón.
Lusitania, con entrenador español al mando, -también emigraron Iraola, Arteta, Guardiola y hasta Paco Jemez en otra dimensión-, dispone de efectivos reales Neves, Vitinha, Nuno Mendes, Joao Cancelo y Bernardo Silva, bajo de forma. Cristiano Ronaldo, claro, santo y seña para faltas o penaltis. Salgan como salgan, medirán la realidad de la Roja que no era tan mala por empatar con Cabo Verde, ni tan estratosférica al ganarle a Austria, un enemigo inferior. Pero la ausencia de los términos medios donde habita la virtud nos caracteriza.
