Cambios a peor

El fútbol no se apea de su falso mundo de irrealidad. Puede que la COVID 19 amenace con una sexta ola, pero por lo que se ve en la calle y el levantamiento de las restricciones aplicadas en su momento, es como si la película fuera con seres de otro planeta y no con los humanos. Pero es lo que hay.

El caso es que el público ha vuelto a los estadios si, con mascarilla pero sin ninguna distancia social, pero el cambio de reglamento que permite cinco cambios y tres ventanas para efectuarlos en todos los partidos oficiales vino para quedarse con pandemia y sin ello. Otro sinsentido que sumar a la absurda normativa de la señalización del fuera de juego, el caos de las manos en las áreas o fuera de ellos y la fina interpretación a la altura a la que se debe sancionar con tarjeta una zancadilla o el uso de los codos en las disputas de balones elevados.

El quinteto de cambios no aporta ninguna mejoría al juego, sino todo lo contrario. Corta el ritmo, se usa como pérdida de tiempo, encarece los presupuestos de los clubs que viajan con expediciones de 23 jugadores (o 24 debido a la moda de llevar siempre tres porteros, práctica no usada en casa) y prolonga excesivamente el pitido final con extensiones que llegan a alcanzar nueve, diez u once minutos más. Eso si, por el mismo precio para el sufrido espectador.

En los organismos competentes no existe el «muerto el perro, muerto la rabia». Se ha extinguido, al menos por ahora, el motivo por el que se autorizó la modificación del reglamento pero ¿siguen los jugadores llegando al estadio por separado, con sus mascarillas, etc, etc?. Ni flores. Los entrenadores, grandes defensores del descuento cuando van perdiendo, callan sibilinamente quizás porque algunos no relevarían a cinco jugadores que, no lo olvidemos, es la mitad de la alineación, sino al equipo entero.