Directivos dimiten, propietarios venden
Entre las normas de censura aplicadas por la Liga de Fútbol Profesional a los narradores, comentaristas, entrevistadores y realizadores de las operadoras que transmiten los partidos del primera y segunda división, figura la de no captar incidentes del público, ni críticas dirigidas a los palcos tanto si se manifiestan de viva voz o a través de gestos, carteles o pancartas. De ahí que los espectadores de televisión no pudieron percibir la dimensión del veredicto del mallorquinismo sobre el juicio popular sometido a la dirección del Real Club Deportivo Mallorca como consecuencia de los acontecimientos más recientes, extrapolados necesariamente a la nefasta política social, deportiva y económica del club.
La afición exclamó sin reparo ni oposición «¡directiva dimisión!» que difiere de exigir el cese de la propiedad que, en todo caso, debería distinguir entre el despido o la venta. En efecto, los propietarios no dimiten, ni ahuecan salvo que decidan desprenderse de sus acciones igual que hicieron aquellos a quienes de las compraron. Así que, más allá de que todos entendimos que la sentencia pedía la salida del presidente Kohlberg, el resto de los accionistas y, como mínimo, del director financiero y CEO, Alfonso Díaz junto al director de fútbol, Pablo Ortells, la semántica nos dice que el primero tendría que prescindir con estos dos últimos con los mismos modos y facilidad que decretó la baja laboral de Jagoba Arrasate y sus colaboradores. Pero no lo hará, sobre todo después de haber loado su gestión dos semanas antes con tarta y cava incluidos.
«¡Directiva dimisión!», tiene un eco fonético más amable y fácil de comprender que un «¡propietario venda!», demasiado prosaico. Puestos a no hacer ni caso del sentir generalizado, cabría recurrir al lenguaje Aznar: «¡váyase señor González!», un poco largo para tanta garganta o, dadas las circunstancias, «¡get out, Mr Kohlberg!». De la misma manera que echar a un entrenador es mejor y más barato que a veinticinco jugadores, que se vayan tres o al menos dos, suele ser más efectivo que un ERE como el aplicado tras el descenso en Anduva, porque aunque el capitán de navío Martín Demichelis lograra evitar el naufragio, el problema de fondo siempre será el mismo.
