El cuento del lobo y el zagal
Si el patrimonio del Mallorca es la primera división, porque desde luego no lo son sus jugadores, técnicos u otros profesionales ni tampoco la Ciudad Deportiva Antonio Asensio Pizarro, ni su presidente, Andy Kohlberg, ni sus ejecutivos, Alfonso Díaz y Pablo Ortells, han sabido defenderlo con los conocimientos exigibles a cualquier gestor de la única propiedad tangible de un grupo de accionistas que, a buen seguro, pedirán explicaciones sobre el futuro de su inversión.
En plena lucha por evitar la catástrofe del descenso, no amortiguada por la ayuda al descenso que paga a plazos la Liga de Fútbol Profesional, la escuadra capitaneada por Demichelis, un entrenador recién llegado a España con un contrato de tres meses para abrirse mercado, se enfrenta a su sprint final más peliagudo y peligroso de los últimos años bajo al arrrastre de unas limitaciones provocadas por quienes debieron evitarlas.
Ahora mismo dispone de un solo portero amenazado de sanción en cuanto vea una tarjeta más en alguno de los cinco partidos que restan, con el agravante de que su sustituto natural, un experimento rescatado de uno de los tropecientos futbolistas en la nómina del Chelsea, se encuentra lesionado. Un peligro que corren otres tres jugadores de campo, aun más expuestos a la suspensión si bien en posiciones menos delicadas que la de guardameta: Mascarell, Samu y Maffeo. Un ejemplo más de la suicida planificación de una plantilla gastada y poco competitiva, utilizada como escudo de los verdaderos responsables del desaguisado.
Lo expresado en estas líneas no constituye novedad alguna y se ha descrito con detalle y no pocos pormenores que han caído en saco roto a lo largo de toda la competición. Han preferido ignorar la llegada del lobo y proseguido con sus fiestas de piratas, clubs de negocios, bares, restuarantes, gimnasios y homenajes. Nada que celebrar porque, lo crean o no, el lobo ya está aquí.
