El elevado precio de un error

Quien dijo que las comparaciones son odiosas era alguien en las cuales salía perdiendo. Particularmente creo que son inevitables porque siempre necesitamos un punto de referencia. En el siglo XIV el Príncipe de Viana escribió sobre la historia que Patronio le contaba al Conde Lucanor sobre un hombre que entrado en desgracia no halló otro alimento que un puñado de altramuces y mientras se los comía vagabundeando por las calles y lamentando su suerte, se dió la vuelta al escuchar pasos tras de si para ver cómo alguien ingería las pieles que el había arrojado. De no compararse con un individuo aún más pobre, nunca habría concluido cuál era su grado de miseria.

Puedo asegurar y aseguro que he visto la acción de Virgili sobre Raúl Moro que le costó la expulsión en El Sadar más veces que el Comité de Competición. Lamentablemente la tarjeta roja se ajusta a reglamento porque Jan caza al jugador de Osasuna por detrás y cuando éste ya iba con el balón un metro por delante. Es una zancadilla alevosa, aunque sin «tackling» ni peligro de lesión grave. Pero ahí , en las comparaciones, es donde el castigo de dos partidos de suspensión no solamente parece excesivo, sino claramente discriminatorio. Es más, la misma falta no se ha sancionado sobre el campo en circunstancias paralelas ni con el mismo rigor en la sentencia.

La habitual falta de información y de comunicación que reina en el Mallorca, nos impide conocer cuándo y con qué procedimiento fueron a recurrir en tiempo y forma. Posiblemente tuvieran que hacerlo al recibir el acta y alegar contra el contenido literal de la misma para rebajar el color de la cartulina. Ahora solo queda el recurso en aras de reducir la pena, difícilmente aceptable de no establecer los pertinentes términos comparativos en otras acciones similares imputables, sobre todos, a futbolistas de los equipos más poderosos. Ya comenté que viajar en el furgón de cola de la clasificación incluye la impiedad manifiesta tanto de árbitros como de jueces.