El fútbol nuestro de cada día
Real Madrid y Barça, como siempre, son los únicos que sacan provecho de uno de los inventos de Luis Rubiales al firmar un contrato con Arabia donde, como es natural, no pagan para ver ni siquiera al Atlético y mucho menos aun por el Mallorca, el Osasuna o cualquier otro equipo que, por cierto, percibe un diez por ciento de lo que se llevan los grandes.
Al margen del disparate, impensable en otras primeras ligas como la Premier, la Bundesliga o el Calcio, es oportuno recordar el quebranto que crea en un calendario ya de por si congestionado que obliga a adelantar dos partidos en fechas intermedias ya cargadas de por si, además del agravio comparativo para los 16 competidores restantes. Y en medio de tamaño berenjenal vienen los dieciseisavos de final de la Copa del Rey formateada a favor de merengues y culés bajo el pretexto de hacer felices a diversos equipos modestos.
Entre una cosa y la otra, hay que practicar funambulismo para conjugar la liga con el torneo del k.o. forzando a la disputa de encuentros de competición, importansísimos en algunos casos, separados por menos de 72 horas que tampoco responden a un descanso digno de celebrar. El Mallorca constituye el ejemplo más cercano aun sin ser excepcional. Enfrentarse a tres citas trascendentales en seis días (Elche en casa, Deportivo y Valencia fuera)pone en riesgo su destino en ambas competiciones justo antes del parón navideño que añade unas vacaciones probablemente inoportunas en las actuales circunstancias.
El fútbol mundial se ha organizado de espaldas a sus protagonistas, los jugadores y su sustento, los aficionados. Las instituciones de carácter empresarial que lo gobiernan atienden a su propio interés, lo que explica su silencio cómplice en una pirámide que encabeza la FIFA y siguen las confederaciones continentales, federaciones y asociaciones de clubs. Las de futbolistas amagan, sin pegar, porque la enmarañada selva dorada de sus contratos sin límite tampoco les aconseja podar sus árboles para hacer visible el claro.
