El poder de la mente

Cuando uno se enfrenta a un folio en blanco descubre sus numerosas limitaciones si tiene que escribir sobre un partido, una final en este caso, de Rafael Nadal. Cuando uno tiene que describir a un ser fuera de lo normal, deportista, tenista o cualquier otra cosa,  solamente cabe un adjetivo por muchos que te vengan a la cabeza: extraordinario.

A poco de colgar sus botas le pregunté a Vicente Engonga qué hace que uno sepa que debe abandonar. «No te retiran la edad, la velocidad o la resistencia, sino la mente que de pronto no actúa con la rapidez que antes tenías». De ahí que Rafael  no decaiga ni en sus peores momentos de flaqueza tanto dentro como fuera de la pista. La estabilidad de su cerebro le convierte en imbatible o casi, porque claro que también ha perdido, pierde y perderá partidas, pero su espíritu de superación y su capacidad para levantarse tras una adversidad son imbatibles.

En las semanas previas al Open de Australia encajó el diagnóstico definitivo sobre su lesión del pie y la visita del omicron, esa mutación menos grave del Covid. Cabe ir más atrás, cuando también pasó por encima de otras lesiones óseas y musculares o tal vez psicológicas como la crisis matrimonial de sus padres o la necesidad de relevar al tío Toni de sus funciones didácticas y de entrenador.

En la inolvidable película de Sergio Leone «Por un puñado de dólares», el malo, encarnado por Gian María Volonté, le espeta al bueno, cómo no Clint Eastwood: «si un hombre armado con un rifle se enfrenta a otro que empuña una pistola, este último está muerto». En el duelo terminal la treta del más débil, el del colt, se impone a la pasión del más fuerte, el del winchester. La cabeza es más letal que las balas, bien lo saben los rivales del más grande porque si a una fuerza mental inaudita le inyectas pasión no hay antídoto posible. Pregúntenle a Mevdevev, que jugó un partidazo y perdió tras creerse ganador.

No caeré en la ligereza de analizar la estrategia, los «winers» o errores no forzados de un «match» de tenis, para eso están los entendidos y también algunos que no lo son. Bastante tengo con asistir al momento en el que la historia se convierte en leyenda.