El Valencia como ejemplo

El regreso de Javier Aguirre al fútbol español, aparejado al del mallorquín Toni Amor en calidad de ayudante, nos da pie a revisar la relación entre el director deportivo y el entrenador de un mismo club.

Muy cuestionado, con razón, el propietario del Valencia Peter Lim debido a su caótica gestión que ha desembocado en una larga crisis social, deportiva y económica, el presidente Kiat Lim, hijo del dueño, tomó una decisión coherente al cesar a Carlos Corberán no sin incluir en el despido al responsable de su fichaje, Ron Gourlay. Si cambiar de técnico se hace imprescindible, relevar a quien confió en él es preceptivo.

Esta lección de congruencia no la ha estudiado el presidente y dueño del Mallorca, que mantiene en sus cargos a los ejecutivos que, además de perder dinero y provocar una tensión social permanente, han conducido al equipo por segunda vez a segunda división, lo que se llama tropezar dos veces en la misma piedra.

El trabajo de una dirección deportiva no se limita a la elaboración de altas y bajas, fichajes, seguimiento de jugadores, observación de objetivos y tareas más o menos relevantes. Tal vez la más importante sea precisamente la de su relación con el cuerpo técnico y dar o pedir explicaciones sobre sus métodos de trabajo, alineaciones, planteamientos, etc. No para interferir en su labor, sino para conocerla en profundidad. Ignoro si Pablo Ortells lo hace o en qué medida. Debo suponer que sí. En cualquier caso y fracasado en la contratación de Martín Demichelis, esta como mínimo,  no asumir con hechos la incoherencia de aquel fichaje de infausto final solo es propio de clubs pequeños.

Unos pagan las consecuencias y otros las disfrutan. Como en la vida misma.