Funeral por la Superliga

Cualquiera de mis amigos entre los que se suscitó el debate confirmarán que siempre dije que la Superliga estaba condenada al fracaso desde su gestación. El inmediato abandono de los clubs británicos, italianos y alemanes, PSG aparte, que dejaron solos al Real Madrid y el Barça, avalaron mi teoría: el dinero siempre pierde ante el «más» dinero. Florentino Pérez no es David, sino Goliath, pero buscó pelea con King Kong que sube a los rascacielos inalcanzables para el filisteo.

La moraleja la ha firmado, como siempre, el vencedor. Aleksander Ceferin, presidente de la UEFA, ha dejado un par de recados dignos de consideración, aunque también encierren alguna contradicción, al valorar la retirada del «ser superior» merengue disfrazada de acuerdo «sin haberse faltado al respeto» a lo largo de la guerra en cuestión. El último de ellos destinado a Javier Tebas, presidente de la LFP que admite pluriempleo como vicepresidente de la RFEF, al recordarle que las ligas domésticas «sacan la fuerza de sus aficionados y a estos no se les puede exportar al extranjero porque debilita la conexión y elude la lealtad. No se puede privar a la gente del fútbol de sus casas». Cualquier alusión al intento de llevar partidos de competiciones oficiales a Miami o la Supercopa a Arabia, no es mera coincidencia.

Otra cosa es cuando afirma que el fútbol «vive de las selecciones y clubs y jugadores a quienes no se debería forzar a elegir entre unas y los otros». Grave error, porque quien vive y sobrevive a cuerpo de rey a través de las selecciones es tanto la FIFA con sus confederaciones. Un nuevo dardo, esta vez a Rafael Louzán, presidente de la Federación Española de Fútbol: «Las Federaciones se convierten en rehenes de la política». Ufffff, con la iglesia hemos topado: «notamos la polarización, que el mundo se está dividiendo», una verdad tangible que contrasta con la pretensión de que «el fútbol sigue uniendo y une en la diversidad», porque no es lo comprobamos cada jornada entre aficiones enfrentadas, arbitrajes sospechosos y directivos arrogantes.

La duda que nos corroe es si tales pensamientos son lo que parecen o verdaderamente sinceros, porque la sobrecarga del calendario, la proliferación de competiciones, el desprecio permanente a la salud de los futbolistas, el descontrol de sus salarios y de sus contratos, el asalto de los fondos de inversión,  la inusual convivencia de sociedades anónimas deportivas en competencia con otras sin ánimo aparente de lucro (España), además de lo mucho que queda por hacer, apuntan a ideas para quedar bien y un brindis al sol en aras de seguir monopolizando el negocio.