Homenaje al fútbol (más que un título)
La segunda estrella en la camiseta de la Selección Española tras la conquista del Mundial 2026 sobrepasa su significado deportivo, social y emocional porque nos devuelve la fé en un fútbol decaído y manipulado desde las más altas esferas hasta sus estratos más modestos.
Ha debido ser una trampa del destino que una ciudad tan poco futbolera como Nueva York fuera el escenario donde España le haya recordado al mundo los principales y básicos valores que encierra este deporte cuando mantiene el espectáculo fuera del terreno de juego: sacrificio, entrega, solidaridad, compañerismo, serenidad, generosidad y, talento aparte y sobre todo, HUMILDAD.
Hacen mal los profesionales del fútbol formativo, educadores y muy por encima de ellos, los padres en plantar ante sus hijos el espejo de Vinicius, Mbappé, Messi y cuantas figuras anteponen su personalidad a la de todo el equipo, jugadores que pretenden que el resto de sus escuadras jueguen para cada uno en lugar de hacerlo ellos para todo el conjunto.
Debo reiterar, aunque ya he recurrido muchas veces a ello, el recordatorio del antiguo seleccionador de Brasil y Portugal, Luis Felipe Scolari: «no puedes tener estrellas en un equipo ganador, solo grandes jugadores». Esto es precisamente la Roja, una reunión de buenos futbolistas que nunca juegan solos, siempre ofrecen salidas a quienes poseen el balón, ayudan sin desfallecer y atacan y defienden todos con la misma intensidad. No era, como se quiso vender, el duelo de «la pulga» contra Yamal, sino el reto de uno contra once.
Por si fuera poco lo que desarrollan en el campo, también saben ganar y perder, todo lo contrario de lo que mostraron los discípulos de Scaloni, prepotentes en la victoria, cicateros en el juego y marrulleros mal educados en la derrota. Muchos de ellos ni regresaron con su expedición para dar la cara en la bonaerense plaza del Obelisco, incluído Leo que se fue a llorar sus lágrimas de cocodrilo a su imperio de Miami.
Cuenta la leyenda que el abogado y presidente del Mallorca por un año, Bartomeu Vidal, le confesó a Gregorio Manzano que, sentado en el palco, no conseguía entender el fútbol. El «profesor» le respondió: «olvídese usted del balón, fíjese en todo lo demás», lo mismo que yo aconsejaría observar en un partido de los hombres de Luis de la Fuente. Entonces lo comprenderán todo.