La calle del adiós
Demichelis ya es historia, triste, pero historia al fin y al cabo. Ocupará muy poco espacio en el relato de los anales mallorquinistas, si bien el suficiente para retratar a quien confió en él, primero por ficharle y después por renovarle. Si, claro, Pablo Ortells.
Pero no somos del todo justos al señalar la figura del director deportivo sin recordar que como contrapartida a sus fracasos también fue el responsable de las incorporaciones de Rajkovic, Gio, Samu, Kang in Lee y Muriqi cuyas ventas consumadas y la que está por llegar, entre otras, forman parte de la errática política del club marcada por el presidente Kohlberg, desinteresado por cualquier proyecto sólido de futuro y guardián férreo del beneficio inmediato.
No es menos cierto que la balanza que valora los pros y los contras del químico de Castellón, pesa en su fiel negativo debido a los nombres de Bergstrom, Van der Heyden, Lato, Mateu, Morlanes, Kalumba, Copete, Asano, Larin sumados al casos reinante en Son Bibiloni y el escaso rendimiento, sino la huida, de los que trataron de convertir en adalides de la cantera.
No es este lado de la bicefalía el único que se desmorona. Si el adiós del técnico argentino suena patético, las despedidas vía comunicado y redes de jugadores tan carismáticos como Maffeo y el kosovar, reflejan una absoluta falta de empatía emanada desde la otra cara del negocio, arrastra al departamento de comunicación y denota la enorme distancia que separa la planta noble del terreno de juego y ya no digamos de la ciudad deportiva que ya se evidenciaron años atrás Manolo Reina y Salva Sevilla.
Pero en todo territorio ocupado, el Mallorca lo es, coinciden traidores, colaboracionistas, sumisos, y la esperanza de une resistencia dividida entre la pasividad, el pasotismo, la indiferencia y la indignación que mueve a la actividad. De eso, hablaremos otro día.