La primera piedra
Dejemos de lado el indiscutible triunfo de la Selección Española en el Mundial y descendamos al lodo. El éxito del grupo ha eclipsado el individualismo de las estrellas porque ni siquiera Lamine Yamal ha estado a su altura habitual. Mucho más doloroso ha sido comprobar hasta qué punto se puede emponzoñar aquel fútbol del que el balón fue el único guardián de su honestidad.
Gianni Infantino ha degradado el espectáculo que ha pretendido mejorar en base a normas cada vez más ridículas y, sobre todo, aplicadas con rigor a los más débiles. No solo toleró la intervención de Donald Trump para levantar una tarjeta roja a Balogun, goleador de la selección anfitriona, sino el descarado favoritismo a la Albiceleste en aras de coronar por última vez a su rey león, el gran Leo Messi. No es que no merecieran ganar la final, sino que no debieron disputarla como atestiguaron desde Argelia a Inglaterra, pasado por Egipto y Suiza. De eso ya hemos hablado.
Lo que no se ha abordado es el puritanismo, sino hipocresía, con el que hemos puesto al dirigente helvético virtualmente fuera del sitio que, desde luego, no le corresponde, cuando hechos similares a los denunciados, se dan en las competiciones domésticas y continentales, o sea en nuestra propia casa. ¿O es que los arbitrajes a los poderosos de la liga en España no son igual de parciales?, ¿el trato que reciben los equipos modestos no es similar al que han sufrido las frágiles selecciones de países menores?, ¿la Copa del Rey no es un torneo formulado para que se la jueguen el Real Madrid, el Barça, el Atlético y algún despistado como fueron en su día el Osasuna o el Mallorca?, ¿las designaciones arbitrales y para el VAR no son tan dudosas como las que acabamos de ver en los estadios USA, de Canadá o México?, por no insistir en el caprichoso reparto de fechas y horarios nada diferente al desconocido criterio aplicado aquí por la Liga de Fútbol Profesional.
El gran fraude representado por el presidente de la FIFA es el que hace años contemplamos pagando e incluso agradeciendo, porque es el precio que aceptamos por el circo y, si nos aprietan, también por el pan. ¡Quién esté limpio de culpa, que tire la primera piedra!. Y el pedregal se vació.