Rebeldes sin causa

«Cuando un amigo se va, queda un espacio vacío»,  cantaba Alberto Cortez sobre el poema de Facundo Cabral. Cuando un futbolista se queja, algo se rompe en el vestuario, según quedó acreditado hace casi un año tras la pataleta de Dani Rodríguez de la que todavía quedan los pedazos de algunos platos rotos.

Pero no nos equivoquemos. Los deshechos ya habían comenzado con las caretas de Abdón patrocinadas por el popio club, tras las que menudearon otras reivindicaciones injustas. Meses después se sumó a la fiesta Leo Román, molesto por la inclinación de Jagoba Arrasate por Greif. Maffeo, finalmente en el Valencia como si fuera el sueño de su vida, Larin enfrentado con el público, incluso Muriqi reclamando un aumento o Antonio Sánchez, reincidente ahora, porque quiere ser titular, sin olvidarnos de Pablo Torre pidiendo minutos.

Si lo que sucede en el campo debe quedarse en él, es precisamente ahí, en el campo, es donde cada jugador ha de olvidar sus palabras y convertirlas en hechos. Reclamar un rol superior al que le asigna su entrenador no solamente denota una infinita inmodestia, sino una falta de respeto y compañerismo con aquellos que ocupan ese puesto que quien menos lo ha acreditado cree merecer, porque casi siempre habla aquel que no razona.

Los contratos están para cumplirlos, no sujetos al capricho de cada futbolista. Ni siquiera vale el clásico «si no juego, me voy». No, no. Te quedas y cumples con profesionalidad. Ninguna cláusula garantiza la titularidad a nadie, aunque no dudemos de que hay quienes querrían incluirla. Ahí los capitanes antes que el técnico y de que sea demasiado tarde, deben llamar la atención de los egoistas que solamente miran por y para si mismos novaya  a ser que el silencioso veneno pase desapercibido mientras corroe al grupo.