Resurge el arbitraje mallorquín
Hubo tiempos en los que la profesión arbitral estaba muy mal pagada, no como ahora en que un colegiado normalito de primera división alcanza los 200.000 euros por temporada y el doble si luce escarapela FIFA. Fue una actividad puramente vocacional en el siglo pasado, en cuya segunda mitad el arbitraje mallorquín vivió la que ha sido su etapa más brillante con Antonio Rigo Sureda en primera división durante trece años, coincidiendo con Diego Balaguer García a lo largo de seis, ambos sucedidos por Antonio Borrás del Barrio que se mantuvo diez temporadas en la máxima categoría que nunca llegó a pisar Eusebio Pascual segura a quien siempre negaron el ascenso tras nueve campañas en Segunda.
Hago memoria porque el arbitraje balear parece haber despertado del larguísimo letargo en que se sumió bajo la presidencia de Bartolomé Riera Morro durante cuatro interminables lustros al amparo de Miquel Bestard, un dúo que fue bautizado como el «clan de Bunyola». Desde el gobierno de José Doménech Riera, que pitó efiméramente en la División de Honor, ni un solo colegiado de les Illes había salido a la península, pues Cuadra Fernández es madrileño y salvo algún salto puntual a segunda división, la herencia del añorado Mateo Simó Fiol, árbitro de Primera de los que aun usaban camisa blanca bajo una chaquetilla negra, no encontró director de un cierto nivel.
Nombrado por el actual presidente Jordi Horrach, Francisco Javier Martìn García, ha devuelto rigor al Comité que cuenta con Mateo Busquets Ferrer, 33 años e intenacional en su tercera experiencia, en la élite y Luis Bestard Servera de 32, que acaba de pitar con nota, recién ascendido, uno de los partidos del play off de ascenso a Primera entre el Castellón y el Almería.
Ahora que el caso Negreira y la campaña de Florentino Pérez a través de Real Madrid TV, ha vuelto a poner en el punto de mira la capacidad, pero también la honestidad, del colectivo me ha parecido importante celebrar la labor de los más jóvenes ya profesionales del silbato después de la etapa más oscura del Comité Balear a lo largo de más de treinta años. Aciertos y errores aparte no dejan de ser los deportistas más vilipendiados, no siempre con razón, de cuantos se dedican al balón y, sobre todo en las categorías inferiores y formativas, más sufren las consecuencias de la incultura de la violencia, bien su sus propias carnes o como testigos de excepción.

