Sin identidad

Culpamos a la sangre fenicia que corre por nuestras venas, aunque también bombeamos la romana y la árabe. Los humanos tendemos a imputar nuestros defectos a herencias ajenas y quizás por eso los mallorquines preferimos importar méritos en lugar de reconocerlos en nuestro entorno por mucho producto local que queramos promocionar. Si los grandes hoteleros como Escarrer, Barceló o Fluxá, solo por citar algunos, se llamaran Marriott, Hilton o Windham nadie les criticaría por sus negocios en el Caribe. Pero esa es otra historia.

Hablemos de fútbol. Hemos hecho la vida imposible a Alemany, tuvo que vender deprisa y corriendo como accionista, Vicenç Grande o Serra Ferrer para erigir un altar a Antonio Asensio o, peor, Utz Claassen y Robert Sarver sin preguntarnos otra cosa que no fuera cuánto dinero iban a poner. Todo el mallorquinismo del teutón era un chalet en una urbanización junto a Cala Ratjada y el del americano es un piso de lujo en es Born, junto a Jaume III, adquirido por su socio y presidente Andy Kohlberg. Echo de menos un Mallorca más próximo, enraizado en sus orígenes, menos distante y frío. Y también el Atlético Baleares.

Quizás sea porque aquí nos conocemos todos y el pequeño ejército de impostores y aprovechados que rodea el fútbol opta por dirigentes que desconozcan sus intereses, siempre y naturalmente inconfesables. Debo ser de los pocos que considera una vergüenza que los dos clubs más importantes de la Isla pertenezcan a propietarios extranjeros, no por un nacionalismo ridículo, homofobia o racismo puesto que no comulgo con ninguna de las tres cosas, sino por simple dignidad propia como sociedad y como colectividad. Y no, no echemos la culpa ni a los empresarios más poderosos ni a la influencia biológica de nuestros antepasados. Nos lo ganamos a pulso día a día, año tras año y así seguiremos per in secula seculorum. Ojalá me equivoque.