Un club de Segunda, en Segunda
Cuenta la leyenda, tal cual recojo en mi libro Fútbol y Vida, por boca de su protagonista, Xabier Olaizola, que fue carismático capitán del Mallorca, que en cierta ocasión tras una jugada comprometida el gran Héctor Cúper, le gritó: «si se encuentra en apuros tire el balón a la grada o déselo a Engonga».
Una magnífica referencia para preguntarnos cuántos futbolistas hay en la actual plantilla a los cuales alguien les debería arengar de la misma manera, sin la menor duda más de uno. Sin embargo el problema es que no hay ningún «Engonga» a quien confiar la pelota. Ambas carencias son hasta ciero punto lógicas en la categoría a la que se ha descendido, no me atrevería a decir que sin querar.
Una de las desgracias que surgen de la lenta muerte de la prensa de papel es que las hemerotecas digitales poseen una memoria más fácil de conservar, pero más difícil de refrescar. Está en la «nube» o «nubes», que es donde se instalan una gran parte de los agentes futbolísticos, ya sean directivos, entrenadores, jugadores o presidentes y propietarios de los clubs. Para fondos buitre los que invierten en el fútbol.
Sin necesidad de remover entre escrituras virtuales ni códices etéreos, el presidente del Mallorca, el americano impasible, Andy Kohlberg, hace apenas unos meses aseguró presidir un club de primera división que juega en Segunda. Pero no, lo bajaron algunos jugadores de élite gobernados por ejecutivos de Tercera convencidos de que los buenos son ellos. Un equipo con el segundo máximo goleador del campeonato no podía ni debió perder su patrimonio deportivo, social y económico.
Mientras el vestuario, infestado de mediocres no siempre capaces de mandar el cuero a la tribuna, busca a su «Engonga» sin hallarlo, el CEO, Alfonso Díaz, presume de «business club» de los negocios, ignorante de que su único negocio posible nace en el terreno de juego y no en su oficina.