Y sin pasión

Francisco García Montes, popularmente conocido por Juan Tribuna, fue un popular redactor deportivo sevillano, antiguo corresponsal de Carrusel Deportivo en la capital andaluza, narrador de los partidos del Sevilla y del Betis. En mis años mozos escribió un libro titulado «Al pan, pan y al fútbol, pasión» que nunca cayó en mis manos, entonces no había internet, y por tanto jamás leí, pero siempre me llamó la atención su enunciado que hoy día cobra especial relevancia porque, mientras Jorge Valdano insiste en que el fútbol es un «estado de ánimo», yo me alineo con el viejo periodista y pienso que ha resistido el paso del tiempo gracias a los latidos del corazón por encima de cualquier otra explicación. De ahí, a la vez, su decadencia.

Entiendo a presidentes como Florentino Pérez, Joan Laporta, el peculiar Ruiz de Lopera, Gil, Miquel Contestí y otros en vías de desaparición. Personas que respiran en blanco, blaugrana, verde, rojiblancos o rojo sangre. Pero ¿qué pasión pueden sentir Robert Sarver o Andy Kohlberg por el Mallorca, Peter Lim por el Valencia, Mister Chen el dueño del Espanyol, los árabes que compraron el PSG, el Manchester City o ahora el Newcastle, al que dicen que Mateu Alemany ha rechazado recientemente, Abramovich por el Chelsea?. Pasión ninguna, estado de ánimo tampoco, en todo caso el estado de su talonario de cheques o, puestos al día, millonarias tarjetas plastificadas. Me temo que talones y billetes viven sus últimos estertores.

El fútbol ya no existiría de no ser por aquellos arrebatos sentimentales que, en general, causaron la ruina de no pocos adinerados. Un precio demasiado caro el que tuvieron que pagar por mantener a su amante balompédico. Si, puede que alguno se hiciera rico. Siempre hubo y habrá listillos y aprovechados. Pero este antiguo deporte, devenido en espectáculo y ahora en simple y especulativo negocio, requiere pasión, un sentimiento que está por encima de un pase de tacón, una rabona, una bicicleta, tres regates en carrera o una vaselina perfecta. Esto para quienes confunden técnica con habilidad. Esto se aguanta cada vez menos y, de hacerlo, será por ese gol de penalti mal tirado en el último minuto y rebotado en el poste, la espalda del portero o el mismísimo árbitro.