18 entrenadores para nada

El Atlético Baleares comenzó a empequeñecer a partir del ascenso del Mallorca a primera división en el año 1960. En una sociedad más individualista que colectiva, con una evidente herencia fenicia y una economía limitada antes del boom turístico, mantener dos clubs de fútbol profesionales no se hacía difícil, sino imposible.

Desde entonces el grave problema de los blanquiazules ha sido querer pisar la sombra del eterno enemigo, más que rival. El Estadio Balear no fue más que un intento de competir con la ampliación del viejo Es Fortí, transformado en Lluis Sitjar y dotado de iluminación artificial. Pero Palma no es Sevilla, se parece más a Barcelona donde el Espanyol nunca podrá equipararse al Barça.

En el interín, se produjeron dos circunstancias que pudieron alterar las diferencias. La crisis de los bermellones a finales de los setenta, impulsó a algunos empresarios balearicos a dar el salto. Coincidieron en la misma categoría y, circunstancialmente, el Atletic avanzó en la clasificación con Petro en la presidencia, Oviedo en el banquillo y buenos jugadores como Candela o Paco, que, por cierto, terminarían en el bando contrario. Pero la aparición de las grandes superficies comerciales que lastró el comercio minorista de los electrodomésticos, terminó por afectar a los números, bajaron las apuestas y el más poderoso se rehizo a partir del desembarco de Miquel Contestí y sus huestes a la par que en la Via de Cintura se instalaba la contienda permanente entre propietarios del estadio, directivos y una sucesión de presidentes y aspirantes con escasa visión de la evolución que exigía una profesionalización total.

Hubo un segundo intento. Después de adquirir acciones del Mallorca, vendidas en el 2007 a Vicenç Grande, el empresario Bartolomé Cursach se hizo con las del Baleares en el 2011 y apostó fuerte por lo que se vendió como un renacer de club, equipo y afición. Rozó el ascenso a segunda división, inexcusable objetivo para poder rentabilizar la inversión, pero la derrota en el segundo intento provocó su salida y se inició un nuevo declive que, la realidad social, demográfica, económica y deportiva de la Isla en pleno siglo XXI ha desembocado en crónico.

Que tanto el Mallorca como el Atlético Baleares hayan acabado en manos de inversionistas extranjeros, demuestra la utopía que encierra la pretensión de convertir a este último en un segundo club de cierto nivel y alcance. Sencillamente no caben dos y si alimentar a uno ya es complicado, otro más no entra en la ecuación.

Ingo Volkman, un ciudadano alemán con múltiples negocios y una situación económica desahogada, decidió emprender de nuevo el camino sin conocer la senda correcta ni siquiera el punto de salida. Lleva 10 años, otras tantas plantillas y ha contratado a 18 entrenadores. Acometer una ampliación y mejora del estadio blanquiazul es empezar la casa por la ventana y confiar la gestión a un familiar, cuyo desconocimiento se revela en la selección de sus colaboradores, aun más «amateurs» por no entrar en vericuetos más intrincados, ha derivado en una permanente sin razón, un desfile de despropósitos cuyo primera sílaba descartaremos porque las otras cuatro no albergan ningún fin concreto. Si una docena y media de técnicos, alguno con pedigrí, no han cumplido los objetivos que se les encomendaron, lo que hay que definir es otra meta o quien falla no son precisamente los cesados.