50 aniversario del Palau
Permitanme hacer un paréntesis en medio de la dictadura del fútbol. La Fira de l’esport que se celebra este fin de semana en el Palau Municipal de Palma y sus instalaciones, remora medio siglo de la inauguración del recinto que hoy alberga a equipos profesionales de fútbol sala, el Palma Illes Balears, y otros de basquet e imagino que alguna otra disciplina. Han sido 50 años de no pocas vicisitudes muchas de ellas enmarcadas o condicionadas por consideraciones o intereses políticos al estilo de la Universiada 99.
Dajaremos aparte las directrices aplicadas en función del color de los sucesivos gobiernos municipales, porque la gran verdad de esta aventura no la forjaron alcaldes, ni concejales, sino funcionarios. Empleados públicos no de los que paran para el almuerzo que se prolonga en exceso, usan los «moscosos» para acudir menos a sus puestos de trabajo o archivan perezosamente los expedientes que reciben, sino profesionales del deporte, algunos de ellos titulados por el INEM o gestores deportivos ejemplares cuya dedicación sin regatear horas ni días, hacía crecer no solamente esta y otras instalaciones, sino una idea que permitía acercar la práctica del deporte a la ciudadanía aunque se pusiera las medallas el edil de turno fuera cual fuera su ideología. Las ideas siempre por delante.
Esas ideas surgían de los directores o jefes de sección del IME. Joan Ordinas, Pep Lluis Berbel y Angel Sastre encabezan una lista de trabajadores del deporte que sin la menor duda, sembraron la semilla de lo que ha venido después empezando por la propia Fira que ahora se exhibe. Su trabajo trascendía el alquiler de la pista multifuncional o la piscina, atrajo durante un tiempo las oficinas de las federaciones que ahora ocupan espacio en el Palma Arena, pero no se limitaron a gestionar el funcionamiento de un Palau, sino que abrieron sus miras hasta alcanzar un concepto más amplio de la relación antre un ayuntamiento, sus ciudadanos y el deporte en cualquier edad y especialidad, sin el menor afán de protagonismo y a base de conocimientos muy por encima de los jefes que les impusieron.
Era septiembre de 1976. En un recinto lleno a medias entre la curiosidad y las invitaciones, la autoridades locales presidían la inauguración cuando en el instante de iniciar la bendición y los discursos resonó una voz en grito: «Joan, es gas». Era la del concejal de deportes de aquel entoces, Bartomeu Payeras, y Joan era el mencionado Joan Ordinas, el director que, en efecto, también estaba para poner en marcha no sé si la calefacción o el aire acondicionado.
