Atraco fallido
Le tocó al Mallorca en el 81 jugar una final de Copa contra el Atlético de Madrid en Madrid. Y perdió, aunque el resultado es lo de menos. Una competición uno de cuyos ascensos se decide a partido único en el estadio y ciudad de unos de los contendientes es sencillamente una broma de mal gusto o algo peor, aunque la idea la haya parido Luis Rubiales, la hayan pergeñado sus colaboradores y aprobado los asambleístas. Esto acaba de suceder en este invento de la Primera RFEF una de cuyas finales la ha disputado el Deportivo en Riazor y jaleado por su afición, 23.000 espectadores. Y otra vez que haya ganado el visitante, el Albacete, es lo de menos. No he leído ni escuchado ninguna crítica al respecto, como si fuera lo más normal del mundo. Solo lamentos porque el club que erigió Augusto Cesar Lendoiro y ha terminado en manos de un banco local se haya tenido que quedar un año más, al menos, en tercera división, por mucho que la llamen Segunda RFEF. Periodismo en la UCI.
Se puede fijar la sede de una final donde se quiera, pero la ética más elemental señala o, mejor dicho, exige, que se juegue en campo neutral, en una ciudad y provincia ajenas a ambos finalistas. Si debido a la clasificación existe coincidencia, la Federación, que no tiene funciones irreemplazables, cada vez menos, ha de disponer de los resortes y elasticidad suficientes para arbitrar un cambio de ubicación. Tampoco es tan difícil, sino todo lo contrario.
Lo malo de vivir escándalo tras escándalo en demasiadas cosas -política, deporte, economía, corrupción- al dictado de la incultura y el dinero, es que terminaremos acostumbrándonos a ello, si es que ya no lo estamos. El primer asesinato de un general a manos de ETA copó las portadas de periódicos, revistas e informativos con letras de molde que ya no se registran ni en las librerías de un programa informático de textos. El último apenas aparecía a una columna en la contraportada de alguna publicación regional. Así nos fue, así nos va, así nos irá.