Doce clubs sin corazón (ni alma)

Anunciar la creación de la Superliga europea de fútbol el mismo día que el Madrid empata con el Getafe y le da vida al Atlético, entra de lleno en la estrategia habitual de Florentino Pérez. Pero endiosamientos aparte, esta liga de los doce solamente responde al extraordinario apego que tienen al dinero que, en el caso del Real, el Barça y el Atlético, se traduce como una manera de salir de la enorme deuda que han generado a pesar de ser los mejor pagados, con diferencia, de la LFP. Les da igual, dentro de unos años estarán nuevamente contra las cuerdas porque si les das cien, gastan doscientos; si tienen quinientos, tiran mil y si reciben esos mil, malgastan dos mil. Ya les han rescatado un montón de veces y ahí siguen.

La UEFA, tan enamorada de la «pasta» como ellos mismos, ha montado en cólera y anuncia represalias. Está en su papel porque no defiende el fútbol, sino sus ingresos. Los suyos y los de las federaciones sin sentido. El problema es otro y reside en primer lugar en la insolidaridad más absoluta con los clubs más modestos gracias a los cuales y una reglamentación injusta y obsoleta, han alcanzado un status superior. Una traición en toda regla. Pero por mucho que JP Morgan haya destapado la caja de los truenos y de sus caudales, las ligas domésticas resistirán porque el público, verdadero actor de este negocio por mucho que le desprecien, se hartará de ver cada año los mismos partidos entre esta docena de prepotentes que, seamos sinceros, tampoco garantizan tanto espectáculo.

Puede que en Madrid y Barcelona disfruten mucho viendo lo mismo temporada tras temporada, idéntica película con el mismo guión, pero a medio plazo en Zaragoza, Bilbao, Asturias, Valencia, Villarreal, Sevilla y el resto de toda la geografía española y continental querrán ver a su equipo y pasarán de largo de tanto «clásico» que cada vez aporta menos, salvo un falso morbo para más amantes de las apuestas que del fútbol.

Ya en términos logísticos, enviará la UEFA a sus árbitros o la Superliga creará su propio Comité. ¿Y qué pasará si el designado deja de pitar aquel penalti que siempre se ve en el àrea ajena y nunca en la propia?.

La FIFA, la UEFA y cada una de las federaciones adheridas son una gran mentira, de acuerdo. Pero los clubs de fútbol, especialmente los doce en cuestión, representan una trola todavía mayor. El mundo está cambiando, es verdad, y el fútbol no quedará al margen, pero no todo cambio es bueno, sino a veces peor. Y si, otra vez el refranero, «más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer».