Donde el fútbol pierde sus raíces
Los fondos de inversión, con el Mallorca como un ejemplo más, constituyen el germen que contribuye a destruir la esencia del fútbol que no es sino el sentido de pertenencia. No solo ellos, sino la potenciación del negocio propiciada por empresarios como Florentino Pérez con apenas futbolistas españoles en el Real Madrid, que fue santo y seña del patriotismo populista, queda de manifiesto en el Mundial que la FIFA ha elevado a escaparate de la decadencia al mostrar la triste figura de selecciones tan emblemáticas como Alemania, Inglaterra, Países Bajos (antes Holanda), el mismísimo Brasil, algunas de las cuales han regresado a casa antes de lo esperado, o Italia que no está de vuelta porque ni siquiera se clasificó para la ida.
Las recomendé la mini serie de televisión Dear England, ascenso y caída del seleccionador inglés Gareth Southgate, para comprender de qué manera rescató a la «pérfida Albion», según narraba Matís Prats el viejo, de sus cenizas. La resucitó hasta llevarla a la final de la Copa de Europa del 2024, que perdió contra Expaña, contagiando a los seleccionados de la pasión por defender la camiseta de su país.
Es el momento de preguntarnos cuántos teutones juegan en los mejores equipos de la Bundesliga, cuántos argentinos o brasileños en los más destacados conjuntos del otro lado del Atlántico, la cantidad de africanos contratados en las principales ligas europeas y, de paso, cuántos jugadores de la Selección de Luis de la Fuente se han pasado al otro lado de los Pirineos.
La ley Bosman abrió la espita de un mercado cada vez más globalizado y multimillonario que se nos vende como espectáculo cuando ni en su gran exposición al mundo oferece otra cosa que una enorme feria de muestras, una Expo puramente comercial. Después se han abierto más vías de expansión más allá de lo esencial: el orgullo de formar parte de algo, sea directivo, técnico, jugador o aficionado.

