El chivo expiatorio
Hasta aquí nada que reprochar al impecable trabajo de Luis García Plaza como entrenador del Mallorca. Su primera mancha aparece en las declaraciones efectuadas tras la derrota del sábado ante el Fuenlabrada, primero por la inmodestia -«me sobra clase para hablar de los árbitros»- para a continuación sugerir una conspiración júdeo masónica con base en Madrid y Barcelona en contra de su equipo.
Vamos por partes. La capital del Estado y la de Catalunya pintan mucho en primera división, pero sus representantes en Segunda, ni flores. El Espanyol en manos de accionistas chinos y, de otro lado el Rayo Vallecano, el Leganés o el Fuenlabrada. Si vale y también el Alcorcón, ¡por favor!, sin olvidarnos del Sabadell y el Girona. O sea, media liga contra el Mallorca. ¡Vamos, anda!.
En cuanto a Iglesias Villanueva he llegado a leer en las redes sociales qué se puede esperar de un colegiado recién descendido, cuando quien lo hizo fue su hermano Ignacio, ocho años mayor, y no él, que se llama Javier y cumple tres temporada en Segunda. Pero es mucho más fácil, aunque muy poco señor, buscar al chivo expiatorio en lugar de reconocer dos fallos y medio de Reina en los tres goles visitantes, la precipitación de Cufré con una tarjeta previa o el habitual mal carácter de Raillo, presa de su propia trampa al intentar provocar una segunda amonestación a Sotillos, el central madrileño.
La jugada clave, el gol anulado a Abdón con 0-1, es imputable al VAR que, según la norma, no debe intervenir salvo error claro y flagrante del colegiado. Una equivocación ni meridiana, ni evidente, pues las imágenes no aclaran si Raillo toca o no con la mano antes de hacerlo con la cabeza puesto que el cuerpo del zaguero impide la visión. No tan diáfana e indiscutible si consideramos que transcurrieron casi cinco minutos antes de imponer el criterio arbitral que, siempre reglamento en mano, es el que prevalece.
Cierto que los locales le echaron casta a la adversidad y merecieron premio a su valentía y entrega, pero todo lo demás, incluido el linchamiento a un árbitro por malo que nos pueda parecer, sobra. Y más de parte de un tío que presume de clase, pero tira la piedra y esconde la mano.
