El doble divorcio de Piqué
Esta mañana me ha llamado Bartomeu Vidal, abogado, amigo y expresidente del Mallorca no por un día, pero si por un año. Una temporada de aprendizaje, como le gusta repetir. También fue Conseller de Cultura del Govern Balear antes de interesarse por el fútbol. Y es del Barça, un dato que, en este caso, imprime carácter, por eso no le importará que lo diga. Viene a cuento porque el motivo por el que ha marcado mi número era saber qué pienso sobre la retirada de Piqué. Le he dicho que no tenía una opinión formada debido a mi evidente falta de conocimiento e información.
En alguna ocasión ya me he referido a lo que Javier Irureta, entrenador como el tronco milenario de un viejo olivo, acuñó como el «fútbol rosa». Y, claro, hemos sabido más del central blaugrana y de la Selección, por Shakira que por si mismo. Peor aún, por sus devaneos con Luis Rubiales, digamos negocios, no casualmente presidente de la Real, por más que duela a los cursis, Federación Española de Fútbol.
Desde la distancia y como futbolista tengo la sensación de que acusa el paso de los años, como todos. Ignoro la causa de su decisión, como ya he recalcado, por lo que no entraré a valorarla. Creo que, por su trayectoria fuera, debe ser un tipo inteligente, aunque no sé si docto. Por lo demás siempre me ha resultado un personaje excesivo en tanto en cuanto ha trascendido lo más superficial de su carácter, casi siempre rayano en la anécdota. Mucho cuerpo y poca alma, aunque seguro que, sin la menor duda, la tiene. De no ser así ya habría caído en las redes del populismo, más bien populacho, pare refocilarse entre amigos de conveniencia y caza recompensas, no de western, sino de cuentas corrientes.

