El ejemplo de Sa Pobla
Si al fútbol le privas de sus raíces no solamente pierde su esencia, sino su razón de ser. Son pocos los espectadores de un partido que no escojan bando y hacerlo exige pasión por un escudo, unos colores o una camiseta. La indiferencia no rige en aquellos sentimientos provocados por el sentido de pertenencia a una comunidad, el amor por una tierra y sus costumbres o el orgullo de que un club represente los valores que uno atribuye a su ciudad o su país.
Desgraciadamente no es lo que sucede en el Mallorca ni tampoco en el Atlético Baleares, protagonistas de una temporada aciaga más llorada por sus aficionados que por sus dueños. Andy Kohlberg preside una sociedad anónima mercantil, cuyo objetivo único es ganar dinero. Su descenso a Segunda solo es el resultado de una pésima gestión que la propiedad pretende revertir sin cambiar sus métodos. Ingo Volkmann es un señor que se compró un juguete a modo de diversión sin que le costara un potosí, se ha rascado la pernera de su pantalón para arañar unos cuantos billetes y mantener ocupado a Patrick Messow, que administra un equipo de fútbol porque no sabe vender bicicletas o no le da la gana. El resultado final es el mismo en ambos casos.
La sociedad palmesana hace tiempo que ha declinado de ambas filosofías. Ni en Son Moix ni en el Estadio Balear crece otra cosa que un cesped pagado por el Ajuntament de Palma en el segundo caso o el cemento que acoge cualquier negocio que se le ocurra al CEO, Alfonso Díaz, nunca coincidente con el deporte que vende. Igual que un cine que renovara sus butacas para proyectar siempre la misma película.
Por eso no me ha extrañado conocer que la transmisión en directo de IB3 del partido de promoción de ascenso a Segunda B -sigo pensando que lo de Primera Federación no es más que invento de Rubiales para engañar a su parroquia apartada del profesionalismo que acuñan en otro lado, la Liga de Fútbol Profesional – entre el Poblense y el Aguilas de Murcia, convocó a más televidentes que el del Atlético Baleares con el Jaén. La mallorquinidad latente se identificó más con las patatas de Sa Pobla que con el Chucrut (Sauerkraut) de la Via de Cintura.
Lo malo, que no extraño, es que cada uno de los nativos que han intentado gobernar los clubs de referencia han sido vilipendiados e incluso rechazados institucionalmente en idéntica proporción a la sumisión adoptada ante cabezas ajenas. De verdad, al fútbol balear le hacen falta muchos Molondro y menos inversores de pacotilla.

