El factor campo
Una opinión puramente personal, como todas, pero ya hace mucho que dejé de creer que el llamado «factor campo» influya decisivamente en el comportamiento de los equipos o en el espíritu con que los jugadores afrontan un partido. Eso queda para cuando ganar en feudo ajeno sumaba dos positivos, convertidos a la vez en negativos para el anfitrión. Ha llovido.
Supongo que la tradición se remonta a los tiempos en que la fiebre de los espectadores eran tan potencialmente peligrosa como los pedruscos del terreno de juego o el cordaje de los balones engrasados con pija de marrano. Recintos pequeños y mal acondicionados en los que la urbanidad que avanzaba fuera de sus muros, retrocedía dentro de ellos. Y si, viví altercados en Sa Fortalesa de Sa Pobla o en Santa Margalida, pero también en el lustroso Polideportivo del Poblense, por lo que deduzco que no era problema de las instalaciones, sino de ciertas personas. Dicho sea sin el menor ánimo de señalar a un pueblo tan admirado y con el que me une amistad hacia paisanos ilustres como Serra Ferrer, Joan Payeras o, en vida, Alexandre Ballester.
El cuplé pasó de moda. Las vallas cercaron al público en sus localidades hasta que, como siempre, la razón termina por imponerse al fanatismo y la locura. Hoy el único «factor campo» apreciable es el calor que perciben los futbolistas del equipo local en estadios mejor dotados acústicamente que Son Moix, sin ningún efecto para los visitantes, salvo el miedo escénico de algunas catedrales, más por su imponente aspecto arquitectónico que por el rugir de las masas.
Pero si, sin gente en las gradas cualquiera de estos modernos circos se empequeñece igual que un teatro vacío o un concierto sin fans. Aparte de este imprescindible elemento enriquecedor pero en modo alguno disuasorio, estoy convencido que no hay tribunas llenas ni huecas que alteren un resultado.

