El gallinero enfurecido

La parroquia anda revuelta. Sus feligreses se han dado cuenta de que no se les tiene en cuenta, ni pintan una regadera, en plena rabieta por el desafecto expresado a través de las redes sociales en el proceso de renovación de abonos . Un poco tarde, la verdad, porque esto es así desde que Robert Sarver y sus asociados amarraron en «desembarco del rey» y se cobraron la cabeza de Monty Galmés, el último mohicano, el último presidente que ha tenido el Mallorca. Andy Kohlberg, que preside el consejo de administración, pero no el club, ocupa el trono de hierro.

Eso no significa que el modelo Beltrán sea el único válido. Lo que quiere decir es que separar el árbol de su raíz conduce inevitablemente a la sequedad de la savia y siete años después lo que empezó con Maheta Molango continúa igual con Alfonso Díaz porque el Mallorca es una cosa y la SAD es otra, la única que interesa a sus accionistas. Se nos olvida a menudo, demasiadas veces, que esto no es sino un negocio con capital americano. El circo va por otro lado, pero si nos gusta la función no hay nada que objetar.

En realidad tampoco cabe poner en cuestión las decisiones de la propiedad que ampara de pe a pa la gestión de sus ejecutivos al mando. Mientras los aficionados se quejen pero sigan adquiriendo sus asientos, aquí paz y después gloria. El problema sería que fallasen los ingresos por televisión y sus derivados, la madre del león, pero seamos conscientes de que tres abonos más o menos no representan nada significativo en el presupuesto de ingresos y la constante referencia de los medios, adictos todos, al creciente número de carnets, no es más que una técnica de marketing similar a la seguida con la publicación, gratuita, de los modelos anuales de camiseta, otro argumento de venta tan sencillo como el viejo modismo: «¿a dónde va vicente?, a donde va la gente».