El muro de las lamentaciones

Leer, ver u oir a presidentes, directivos, técnicos, jugadores e incluso aficionados del Real Madrid o el Barça quejarse de los árbitros me produce arcadas. Por supuesto tienen derecho a hacerlo, pero por cada error que les perjudica, los equipos de la segunda mitad de la tabla sufren diez. Comprendo que el fanatismo imperante, a veces expuesto sin miramientos desde ciertos medios de comunicación, ciega a quienes incluso son capaces de negar lo evidente, pretenden que sus ojos perfeccionen y superen a la mismísima tecnología óptica. Pero que desde los propios clubs se predique tal ejemplo no es mejor que el que dan los padres a sus hijos en los partidos de fútbol formativo.

Tampoco  creo que los colegiados españoles sea los más preparados de Europa, una afirmación que suena a «reserva espiritual de occidente». Ni peores. Sin embargo sí estoy convencido de que el sistema peca de opaco, favorece a los más fuertes, permeable a influencias ajenas, anti democrático e injusto interna y externamente. Ni el sistema judicial puede depender de los partidos políticos, ni el estamento arbitral de la Federación o la LFP, por poner un ejemplo de plena actualidad. Separación de poderes creo que le llaman a esto.

Aprovechando que el Ebro pasa por Zaragoza, el Pisuerga por Valladolid y esas cosas, añadiré, sin venir a cuento, que me importa un bledo a quién le den o le quiten el «Balón de Oro». Quizás me interese el día que se adjudique mediante criterios técnica y físicamente concretos y no a través de las opiniones, muchas de ellas subjetivas cuando no interesadas, de un jurado sin nombre aunque si con apellidos.