El teatro de las pesadillas

Todos nos podemos equivocar, lo ha hecho el mismísmo Florentino Pérez cuyo orgullo le obligó a fichar  Mbappé cuando a quien necesitaba era a Vitinha. Quizás erramos al convertir en certeza la sensación de que la ambición rompe efectivamente el saco y todo ha ido a peor. La charla de esta mañana con mi fisioterapeuta al cuidado de mis cervicales ha derivado hacia la comparación de lo que vemos hoy en los terrenos de juego y en las pistas en relación a lo que disfrutábamos hace unos años.

Nos detuvimos en el mundo del tenis. La final femenina de Wimbledon fue una caricatura de lo que se podía esperar si en la pista hubieran estado Serena Williams o Navratilova, Mónica Seles, Steffi Graff, Chris Evert. No sé si se había dado en alguna otra ocasión un doble 6-0 en el último partido de un grand slam. Eso sin que la polaca Swiatek o la número uno, Sabalenka, proyecten siquiera la sombra de alguna de aquellas.

El triumvirato Federer, Nadal, Djokovic no ha encontrado todavía sucesores ni en su máxima equiparación actual encarnada «por» y no «en» Alcaraz y Sinner. Y eso que hoy la preparación física de los tenistas  día ha mejorado respecto a tiempos pretéritos, tal vez en proporción inversa a la mental.

El fútbol de la Selección de Brasil con los Sócrates, Tostao, Gerson, Jair, Rivelino y, por supuesto, Pelé creo que no ha sido igualado todavía. Me atrevería a decir que ni siquiera el de la Argentina de Messi frente a la de los Kempes. Ardiles, Passarella, Bertoni o, poco después, Maradona, Ruggeri……a las órdenes de Bilardo. Ni la del Milán de Sacchi o los Gullit, Van Basten y antes Nesskens o Cruyff de los «Tulipanes».

Coincidíamos en que la razón de la desigual ecuación precio/espectáculo, entendido el primero no el de las entradas sino el de los contratos millonarios de los futbolistas, probablemente radica en la prisa en que se proclaman ídolos y lo poco que se les exige. Será porque la humanidad crece y en medio de tantos millones de seres, la necesidad de destacar no conoce límites ni vergüenza.  El teatro de los sueños lleva camino de transformarse en el escenario de las pesadillas.