En boca cerrada no entran moscas
Antes de aparecer en rueda de prensa después de un partido que has visto desde la celda de castigo por mal comportamiento, sin dar bola a quien ha tenido que pasar el mal trago en el banquillo, para decir cosas como que «en el descanso hubiera cambiado a ocho jugadores» desviando hacia ellos la responsabilidad de la derrota, un entrenador debería preguntarse cuántos espectadores le habrían sustituido a él antes, durante y después de la contienda. Los trapos sucios se lavan en el vestuario.
Luis García Plaza tiene una virtud, no deja de sonreír ante los periodistas, pero un defecto capital: digiere mal los resultados adversos y su cuota de participación en ellos. Cuando no tiene la culpa el árbitro de turno, la tiene el VAR y si no los futbolistas, la mala suerte o el empedrado. Ya sabemos que dispone de una plantilla cualitativamente limitada, igual que el presupuesto del club, aunque eso ya lo sabía cuando decidió regresar al fútbol español en general y al Mallorca en particular, instado por su amigo Pablo Ortells que le conoció en Villarreal. Paralelamente atesora experiencia suficiente para no pensar que el resto del mundo se ha caído de un guindo.
Muchos habrían practicado alguna sustitución en el intermedio del choque frente a la Real Sociedad, incluso antes para clarificar el mensaje. Lo que seguramente nadie hubiera hecho es poner en liza a un chaval del filial, Llabrés una de las perlas de Son Bibiloni, cuando estás perdiendo, has arrojado la toalla y el contrario campa a sus anchas por donde habías planificado, sin éxito, hacerlo tú. A estos chicos se les saca con el viento a favor para que se vayan fogueando, pero nunca cuando lo que sopla es un vendaval. Salvo que seas Leo Román, claro, al que después de sacarte de algún apuro lo reenvías a robustecerse en tercera división.