Entre dioses y hombres
La sociedad global, necesitada de dioses ahora que ha dejado de venerar a los que tenía, se rinde a los pies de Messi y a la gloria de Pelé. «O rei» se debate a las puertas de la muerte y el príncipe busca en el Mundial una esperanza de vida para su país, cuya Ministra de Trabajo, Raquel Quismer de Olmos, prefiere conquistar el título de la FIFA antes que bajar la cabalgante inflación que sufren sus paisanos.
Justo cuando acabo de ver a Lewandosky fallar un penalti -«siempre es un error de quien lo tira, jamás un acierto del portero» decía Mariano Tirapu, guardameta del Atlético de Madrid y el Mallorca- saltar de alborozo porque logró convertirlo en su segundo lanzamiento, me viene a la memoria lo que Edson Arantes do Nascimento opinaba al respecto: «si marcas un gol penalti, lo que tienes que hacer es pedir perdón al portero, no salir dando botes de alegría como si hubieras hecho lo más difícil del mundo».
Pero la caballerosidad no suele ir ligada al fútbol. En el tenis, por ejemplo, se pide perdón al rival cuando la pelota roza la parte superior de la red y bota en su campo. Por el contrario en el fútbol se popularizó aquel deseo: «ganar de uno a cero con un gol de churro y de penalti en el último minuto». En Qatar nos están enseñando que ya ni se sabe cuándo será el último minuto y lo de los máximos castigos y el VAR vamos a dejarlo aparte.
En un fútbol monoteista sitúan a Messi entre lo divino y lo humano, con la salvedad de que en el más lejano rincón de una porción de terreno con un rectángulo de tres palos y diecisiete rayas pintadas hay miles de ojos o millones entre padres, madres, familiares, amigos, agentes y representantes que creen ver un nuevo dios en cada uno de los chavales, o no tan niños, que compiten detrás del balón. Y esto no funciona, así. No. De ninguna manera.
