Entrenadores en peligro

Luis García no concibe que en la novena jornada de liga su sucesor en Las Palmas, Rubén de la Barrera, se juegue el puesto cuando suma 11 puntos en la clasificación a solo tres de play off. Desde aquí es difìcil saber qué mojo picón se estila en Gran Canaria, sin duda distinto al palmero, para ponerse nerviosos, pero seguro que tienen sus razones y una de ellas es común a todos los equipos.

Cuando el entrenador del Mallorca tenía once años, los clubs fueron conminados a reconvertirse en sociedades anónimas. Real Madrid, Barça, Athletic  Osasuna se resistieron. No nos meteremos de nuevo en la anomalía competitiva que esto supone en relación al resto de competidores, pero la diferencia básica es que en el fútbol negocio derivado de aquella transformación los accionistas de cada entidad se juegan sus cuartos, lo que no ocurría antes de la década que cerró el siglo pasado.

Antes cuando un equipo perdía muchos partidos o su economía iba mal, el presidente de turno presentaba su dimisión, algunos de sus directivos generalmente también por si acaso, pero le dejaban el muerto al valiente que se hacía cargo del marrón. En el caso del Mallorca, por citar lo que nos es más próximo, el constructor Antonio Seguí recibió la herencia envenenada del Barón de Vidal y casi le costó su empresa pero no hubiera generado responsabilidad alguna de no mediar avales o garantías que le comprometieran. En realidad los clubs no eran de nadie, sus dirigentes eran voluntarios con mucha afición, sentimientos o, en su caso, afán de notoriedad.

También se cargaban entrenadores, por supuesto, pero no tan pronto. Koldo Aguirre, una de las víctimas de malos resultados, aguantó once jornadas en el Lluis Sitjar, quizás el que menos aguantara. Algunos duraron menos, pero por razones diferentes. Ahora, por el contrario, perder tres partidos consecutivos es una catástrofe de la que pocos se reponen porque el propietario, sea uno o varios, responden con su pecunio particular. A partir de ahí, pocas bromas.

En pleno siglo XXI Son Moix ha vivido un trasiego de banquillos desconsolados. Pacheco, cinco jornadas, Floro ocho, Carrreras, Chapi Ferrer, Gálvez, Olaizola, Llompart una montaña rusa de vaivenes con la que ha acabado  Andy Kohlberg, que solo se enfadó con Arrasate tras una desgraciada imagen en Vigo que desató la cólera de nuestro americano impasible, poco avezado a la cultura del fútbol español donde, por mucho que le extrañe, si que hay descensos.

Asi que a quien dios se la dé, san pedro se la bendiga. Detrás de cada técnico cuyo puesto peligra, hay otro que suspira por ocuparlo. Fútbol era fútbol, hoy día ya no es solamente eso.