Es falso todo lo que reluce

Gianni Infantino, el presidente de la FIFA, ha escandalizado a medio mundo del fútbol, pues el otro medio está de su lado (Sudamérica, Asia y Africa), en su alocado, apresurado y escondido intento de comercializar el Mundial para ponerlo en manos de empresas privadas y, por supuesto, las suyas propias. La reacción de la UEFA, con América del Norte y América Central, además de algunas federaciones a título particular, ha constituido una llamada de atención que, por desgracia, no surgieron ante iniciativas paralelas.

¿Acaso el fallido proyecto de la Superliga ideado por Florentino Pérez, que contó inicialmente con el apoyo de Jan Laporta, no presentaba evidentes paralelismos con la filosofía contra la que ahora marcha Ceferin, el jefe del fútbol europeo que, justo es recordarlo, siempre se opuso a la idea con el mismo empuje que lo hace ahora?. Si, la propuesta del presidente del Real Madrid, del que pretende poner un cinco por ciento igualmente en manos ajenas, era más elitista, pero no por ello menos hermana.

Los grandes clubs españoles, ya saben, el de la capital, el blaugrana y el Atlético, dependen de las poderosas financieras americanas que sostienen sus deudas o avales, mientras la sociedad anónima deportiva, a diferencia de los dos primeros, colchonera ha reducido al mínimo las acciones de Gil Marín y Enrique Cerezo, en beneficio del fondo de inversión Apollo y, en un veinticinco por ciento, de otra entidad inversionista israelí.

Hace años la Federación Española de Fútbol vendió al capital árabe la celebración de la Supercopa doméstica aun a costa de transformar su formato de un solo partido a ida y vuelta, en un cuadrangular impostado y gestionado por comisionistas externos. Si cabe, podríamos elaborar la amplia relación de clubs deportivos españoles y continentales, propiedad de sociedades ajenas al fútbol en si mismo. El Mallorca como ejemplo más cercano.

La transformación del deporte profesional en negocio en cierto modo amateur debido a sus deficitarias gestiones y sus malos resultados económicos, ha derivado en un fútbol detestable que no será fácil de reconducir. Solo la expulsión de sus instituciones de los «infantinos de turno» y sus colaboradores e imitadores o correligionarios, permitiría percibir un soplo de esperanza y regreso a sus principios y orígenes.