Es merengue, no nata

Si dejamos de lado las circunstancias de la final, el Liverpool jugó mejor aunque, sin restar mérito a Courtois, definió por debajo de la calidad que se supone a sus delanteros y defendió de pena el gol marcado por Vinicius, no se puede discutir que el Real Madrid ha sido justo campeón de la Champions ya que, además de los diablos rojos, se merendó por el camino a los tres cocos de la competición: Chelsea, Paris Saint Germain y Manchester City. Solo por eso merecía ser coronado.

La pregunta del millón es de dónde saca este equipo el genio que le ampara y el espíritu que incuba. Carlo Ancelotti, con cuatro títulos continentales como entrenador, da una explicación que Florentino Pérez repetía el sábado por la noche henchido de su propia gloria: «además de buenos jugadores, estos futbolistas son del Madrid, son madridistas». Una reflexión interesante.

Para algunos la respuesta que buscamos solo se explica a través de la fortuna, de la buena suerte. Suena poco convincente. Desde el inconveniente que supone la lejanía, creo más en la afirmación de Pep Guardiola: «nosotros no tenemos su ADN» o, lo que es lo mismo, busquemos la resolución de la incógnita en la biología. No, tampoco. Yo lo reduzco a una cuestión de fé, de confianza en si mismos, de creer hasta el último segundo. En París fueron sometidos a una primera parte de acoso y derribo, aguantaron y tras el descanso pintaron un paisaje diferente. Quizás no merecieron ganar el partido, los porteros también juegan, pero si el campeonato.

Y para que conste, nunca me han gustado ni el Real Madrid ni el Barcelona, a los que cree que en la competición domésticas les regalan no pocos puntos que no merecen. Pero quiero ser ecuánime y franco conmigo mismo. Al Cesar lo que es del Cesar y no hay que confundir el merengue con la nata.