Hasta que alguien diga ¡basta!

Ahora que celebramos los goles de Valjent con otro equipo, Eslovaquia, y nos alegraríamos de la clasificación de Kosovo para el Mundial, o no, reazando para que Muriqi no se lesione, vale la pena insistir en la dejadez de los futbolistas ante la saturación del calendario que sufren, que pagan los clubs y al que invita o, mejor dicho, obligan, la FIFA y sus asociadas.

Detener todos los campeonatos domésticos para la disputa de amistosos que no sirven para nada, ni siquiera para satisfacción de los aficionados, no representa sino una aberración más con la única intención de recaudar fondos por parte de la organización, más que institución, que preside Giani Infantino. Los profesionales que la permiten, los jugadores, se aferran al aumento de sus cotizaciones que encierra su convocatoria para las correspondientes selecciones nacionales, beneficio de unos pocos a costa del sacrificio de muchos; una constante de la humanidad.

Para que se vayan haciendo una idea el precio de una localidad para un partido de Ecuador en la fase final del próximo Mundial 2026 cuesta 700 dólares, imposible para la anónima denunciante del coste, una madre dispuesta a invertir en un regalo inolvidable para su hijo. Pero ni una sola de las asociaciones, digamos sindicales, llámese FIFPRO, AFE, PFA (con Maheta Molango al frente) o incluso y por solidaridad FUTPRO, creada para las féminas o FEAVF, para ayuda de los veteranos, han sido capaces de hacer lo único que forzaría la revisión de la locura en curso: parar. Al contrario, desde el gigantesco poder fáctico y único del fútbol, no dejan de sugerir, inventar, nuevas competiciones sin el menor atractivo para el público que, aunque sea por televisión, soporta estoicamente este inmenso tinglado.

El balón comienza a rodar en el mes de agosto y no se detiene en ningún momento en perjuicio del buen juego, cada vez peor en base al menor rendimiento físico de sus protagonistas, esclavizados por la causa en la misma medida que se desprecia al aficionado sometido a una tormenta de partidos cuyas fechas y horarios no se consulta ni a los actores ni al espectador.