La verdad por delante
La respuesta de Sergi Darder a una de las preguntas de los estudiantes de periodismo del CESAG en relación al recién clausurado mercado de invierno del fútbol español, «Sabíamos que no iba a venir nadie que pudiera mejorarnos», tiene una doble lectura. De un lado desprende una autoestima que si no sobrepasa los límites de la prepotencia viene a apoyar la confianza a la que se aferra Pablo Ortells para justificar la deficiente gestión de su departamento, pero a la vez retrata a la dirección deportiva en tanto en cuanto manifiesta una total incredulidad respecto al nivel de los posibles fichajes.
Decía el director de fútbol que se hace un seguimiento contínuo del mercado, pero que cerrar una operación implica el acuerdo entre clubs, agentes y jugadores. Normal. Para adquirir un piso también se necesita el consenso del vendedor, el agente inmobiliario y el interesado. Sin embargo lo de la perseverancia choca frontalmente con las urgencias que caracterizan cada negociación al límite de los plazos permitidos.
No obstante estos requiebros defensivos y esquivos aclaran aspectos ocultos. Ngonge, una de las piezas fallidas, no quiso entrar en el Mallorca, un rechazo reiterativo en bastantes circunstancias. No ha sido el único. Que las condiciones de la oferta no convenzan ni a los intermediarios ni a los clubs en orígen, es otra causa evidente y que, en cuanto se cruzan otros competidores siempre ganan la puja resulta tan evidente como que si un felino hace miau, tiene bigotes, cuatro patas, un rabo y parece un gato, será un gato.
La verdad promueve la indulgencia porque lo que duele es el arma del engaño, la falta de humildad y transparencia. A lo largo de mi trayectoria profesional solo he conocido dos entrenadores imputarse la culpa de una derrota: Mendilibar después de una visita del Real Valladolid a Son Moix y Héctor Cúper confesar su impotencia antes de ir a jugar a «Los Pajaritos», el campo del Numancia. Pero sería de agradecer que alguien les imitara, como también hizo Muriqi al expresar su desaliento: «Llegamos tarde. Vamos muy tarde». La sinceridad abre el camino del arraigo y la empatía más que mil fiestas, paellas, homenajes y saraos diversos.

