Más jueces que árbitros

Tenga relación o no, sus actuaciones demuestran que desde la llegada de Medina Cantalejo a la presidencia del Comité Nacional de Arbitros de Fútbol arbitran mucho peor. Si a ello añadimos los charcos que el de la Federación Española, Luis Rubiales, pisa día si y otro también, el bosque de por si intrincado que acoge el balompié profesional de este país se transforma en una selva cada vez más espesa.

Los colegiados se pasan por el forro las recomendaciones, -penaltitos, manos, intervención del VAR, etc- dictadas por su jefe, porque o bien no comulgan con ellas o quizás hubieran preferido a otro presidente. En los tiempos que corremos resulta inaudito que no sean los propios actores del silbato quienes decidan a sus superiores, digitados desde instancias entrometidas, porque ya he opinado otras veces que el colectivo arbitral debería constituirse en un órgano independiente y de auto gobierno. ¿A santo de qué han de prestar vasallaje a la Federación si sirven, trabajan, en un campeonato de clubs profesionales regido por su propia Liga de Fútbol?. Las competiciones federativas empiezan en Primera RFEF.

La ley de transparencia, tan estricta en términos económicos, palancas aparte, no rige en el estamento arbitral. Una noche como la que tuvo el lunes el señor Pizarro Gómez en el Elche-Mallorca, debería ser motivo de amonestación pública por sus constantes equivocaciones de criterio, disciplina y reglamento. Sin embargo seguirá pitando sin el menor problema al menos hasta que termine la temporada, momento en el que, con la misma opacidad, se resuelven los ascensos, descensos y escarapelas internacionales.

Por si fuera poco, a Rubiales le han intervenido mensajes en los que confiesa su falta de empatía con el Villarreal, el Sevilla y el Valencia.  Las tres entidades se han apresurado a emitir un comunicado conjunto, pero el asunto es más grave de lo que parece. Cualquier error que beneficie o condene a los interesados se puede interpretar torticeramente. Y con razón. Aunque lo más sorprendente es que no sean los propios árbitros quienes digan ¡basta!.