No comer por haber comido
Es difícil, por no decir imposible, que los Thiem, Tsisipas, Zverev, Medvedev, Rublev o cualquier otro nos hagan disfrutar del tenis como lo hicieron Djokovic i Nadal en el tercer set de la semifinal de Roland Garros disputada en la noche del viernes. Era la manga decisiva y ambos lo sabían. Tras el uno a uno inicial, quien se llevara el siguiente estaba claro que ganaba el partido. Vimos intercambios de vértigo, puntos de otro planeta. Y se acabó. La victoria abrazó al actual número uno del ranking ATP y terminó el reinado del mallorquín en la corte parisina.
No comer por haber comido, nada perdido. Ni, tal cual diría el expresidente de la Federación Balear de Tenis, Antonio Peñas, nada que objetar. A Rafa no le quitarán los trece trofeos de los Mosqueteros que lucen en sus vitrinas de la Academy, una marca que posiblemente no iguale nadie en los años de vida que le queden al Gran Slam francés. Los años no pasan en balde, lo cual no implica que el de Manacor todavía no reserve algo de cuerda. Pero ni su derrota ni su futuro tienen la menos importancia a estas alturas.
La leyenda hace tiempo que se convirtió en mito. Ya se lo dijo Santiago Amón a José María García: «más allá del éxito no hay nada». El de Manacor ha dado más que suficiente y algo de propina. Si quiere dejar algo más sobre la mesa, perfecto; pero no se le va a exigir. Su huella ha quedado señalada de forma indeleble sobre la tierra batida y otras superficies. Lo que haya habido fuera de ellas, ajeno o no a su entorno, ni siquiera es historia.