Paris bien vale 13 misas

París vale más que una misa para Rafael Nadal. Lo suyo es un oficio, pues eso y algo más necesitaba hoy para doblegar al número uno del ranking ATP, Novak Djokovic, a quien venció en tres sets, con rosco incluido el primero, al trasladarle la presión que antes del match se suponía que iba a pesar en el ánimo del mallorquín. Trece ya no es un número gafe.

Cuando el serbio se dio cuenta de que estaba jugando ya iba tres juegos por debajo. Las posibilidades que, según su entrenador, no tenía el de Manacor, se convirtieron en una enciclopedia de concentración y fé que no admitían oposición en el exceso de confianza del favorito.

Yo no entiendo de tenis, ni de nada o casi nada. Me queda el consuelo de ese «casi». Pero quienes si saben de qué va este juego afirman que no gana quien mejor juega, sino aquel que menos errores comete. Luego, claro está, es preciso preguntarse la causa de tales equivocaciones, a veces forzadas por la bolas que te lanzan desde el otro lado de la red porque, al contrario de lo que asegura Toni Nadal cuando no vé mérito en el arte de pasar la pelotita por encima de esa cinta blanca, hay muchas formas de conseguirlo y si no que se lo pregunten al derrotado.

Seguramente es verdad que Rafa es peor que Federer, técnicamente hablando al menos. Sin embargo ha conquistado su mismo número de grandes torneos, 20, lo cual podría contradecir tal aseveración. Quizás el peor es Djokovic, que lleva tres menos y tiene más mal genio. Particularmente no creo que sobre la pista cubierta de la Philipe Chatrier Novak haya jugado tan mal como pregona el marcador, pero se las han devuelto todas y en todas direcciones, alturas y profundidades.

Hemos visto a Nadal sin mascarilla, el auténtico, el genuino. «Jerónimo» en estado puro. Las caras, tapadas, contemplaban desde un palco. Como siempre.