Pésames de telediario

He esperado unos días para respetar lo inmediato si bien efímero, para trasladar mis impresiones tras el óbito de Pelé, lo eterno por detrás de lo pasajero. Yo vine al mundo nueve años después de él, pero le ví jugar a través de aquella televisión en blanco y negro y llegué a tiempo de compartir mis primeros años de profesión con los últimos de su carrera, desde su sempiterno Santos al Cosmos de New York.

Nunca me han gustado las comparaciones por inevitables que a veces sean como punto de referencia, así que no caeré en la inútil tentación de debatir inútilmente si él, Di Stefano, Maradona o Messi, por riguroso orden de aparición, sin olvidar a Cruyff, pero si diré que me ha sorprendido la cantidad de individuos que, a petición de los medios o por iniciativa propia, se han apresurado a emitir valoraciones gratuitas y pésames insensibles. Tipos que nacieron años después de su retirada y no han oído, leído o visto apuntes de un pasado que no vivieron. Por supuesto ninguno de ellos ha nombrado a Jair, Gerson, Tostao, Rivelino o Sócrates, que no aparecen en ninguna película ni serie de televisión, pero fueron consustanciales a la leyenda del tristemente fallecido.

En mi juventud escuché hablar de un tenor italiano, Enrico Caruso, aclamado mundialmente. Incluso llegué a ver a Mario Lanza interpretar su personaje en «El gran Caruso» en el que fue el Teatro Cine Balear, ya que mi padre nos llevaba cada fin de semana a ver un film aunque, si era para mayores, nos tuviera que esconder en el rincón de la última fila. De ahí mi afición. Aun así nunca me hubiera atrevido a valorar, celebrar o lamentar cualquier suceso en la vida del cantante por haber escuchado en casa alguno de sus viejos discos de pasta.

Ahora. además de penas, también hay condolencias de telediario. Una cosa es conocer la historia, obligación en desuso a base de no aprender de ella, y otra muy distinta querer juzgarla para bien o para mal. Claro que los obituarios siempre quedan muy bien y más en estos tiempos donde uno pregona sus propias virtudes en las redes sociales. Hay demasiados muertos en boca de algunos «vivos».