Que cunda el pánico

El ayatolah ya subió a su alminar, cuyo vigía no sabe ni qué es eso, para destacar lo obvio: «Demichelis», alias Don Miguelis, sigue siendo el entrenador del Mallorca a día de hoy». O sea en plan José Mota: se irá, pero no hoy……, mañana. Cabía recordar a los ignorantes que la ayuda al descenso se cobra a plazos, igual que las ventas de un traspaso o, en el caso de las compras, el total se divide en ingresos contables en función de las temporadas contratadas. Que se preparen los de la Unió de Penyes, recibidos en audiencia este próximo jueves, para escuchar el mismo o parecido discurso: «vamos a trabajar» y «asumimos nuestra responsabilidad».

Si desean conocer el epicentro del terremoto llamen a Argentina, donde Germán Lux, uno de los desechados por su jefe, se encuentra de vacaciones o, más propiamente dicho a la vista de los acontecimientos, en el paro. A partir de los temblores todos los interesados fueron conscientes de que imponer la calma solo era cuestión de esperar el cheque de los alemanes, puesto que pagar al traidor suponía indemnización. Un simple trámite por encima de una afirmación más simple aún de la que encabeza estas líneas. Si, el argentino seguía siendo formalmente el entrenador, ¡sólo faltaría! que lo siguiera siendo si no se cubriera su cláusula.

Desde la consumación del descenso anunciado, no se ha dado un solo paso que despierte de la pesadilla que predijo Arrasate: autodestrucción en lugar de reconstrucción. Nada invita a creer ya no en el futuro, ni siquiera en el presente. Por el contrario, la espantá de Martín, para los amigos, ha dejado sin cerrar la puerta por la que intenta salir todo el que puede además de quienes ya lo han hecho, desde Jan Virgili o Raíllo, hasta el apuntador. Perdón, con la salvedad del ayatolah, el directores deportivo y el de comunicación.

Los rumores, antesala de la noticia tal cual los calificaba el admirado José María García, enrarecen, sino empeoran, aun más el ambiente. El nombre de Luis Carrión como probable nuevo inquilino del banquillo, se empequeñece unido a un currículum que Pablo Ortells no se habrá leído y si lo ha hecho, todavía más grave porque jamás podrá esgrimir atenuante. Al químico de Castellón ya no le quedan ases en la manga.

El Titanic surca peligrosamente el mar del norte y cuándo le preguntan al capitán qué ha pasado balbucea: «hemos chocado con un iceberg». Vale señor, eso ya lo hemos visto. Muchas gracias y hasta siempre. O nunca.