Que levante la mano quien se quiera salvar
Escucharemos, leeremos y veremos toda clase de comentarios. Que los jugadores salen por las noches, que no se cuidan, que el vestuario del Mallorca esta dividido y roto, que Arrasate no tiene autoridad y solo se atrevió con Dani Rodríguez e incluso que la plantilla no se esfuerza porque no les han ofrecido una prima por la permanencia. Todo lo que no se pueda probar y contrastar es paja.
Filtrar el pacto de los incentivos ha sido otra de las metidas de pata habituales en quienes desconocen cómo funciona el fútbol de puertas para adentro. Alfonso Díaz, en su línea, ha vendido el acuerdo para apuntarse un farol que no viene a cuento. No sé de ningún otro club profesional en toda España que haga públicos este tipo de convenios que, de otro lado, obliga a los informadores a emitirlos en cuanto los conocen. No matemos al mensajero.
Señalado uno de los causantes del caos que se traduce en la precaria clasificación del equipo a trece jornadas de que baje el telón de la temporada, no olvidemos a los otros tres: el presidente Kohlberg a la cabeza como máximo accionista y, en consecuencia, máximo responsable. Le sigue Pablo Ortells, aferrado a su cargo y su salario, por la nefasta gestión de traspasos y fichajes, no solo debido al fiasco de unos refuerzos que no refuerzan nada sino también por el fracaso de sus negociaciones en las frustradas ventas de Maffeo y Larín.
No, no me olvido de Jagoba. El entrenador que no ha sido capaz de destapar el engaño, que ha tragado sin rechistar el deterioro de su plantel en sus propias narices, incapaz de adaptarse a las circunstancias aunque fueran imposibles y limitadas a través de un discurso repetido y vacío, dilapida su propio crédito, su cartel en la misma medida que la propiedad el patrimonio de la categoría.
La cantante cubana Lucrecia ponía a todo bailongo en movimiento al son de su canción «Agua». «La gente quiere gozar, la gente quiere bailar, la gente no quiere que le coman la cabeza», entonaba posiblemente al unísono del coro imaginario de la afición mallorquinista que asiste espantada a la coda final: «¡que levante la mano quien se quiera salvar!». Ni caso en el suntuoso palco de Son Moix.

