Rafa ya es Rafael
Cuando uno vive constantemente bajo el foco se le hace difícil acostumbrarse a las sombras. A Nadal, el tenista, le cuesta cambiar de Rafa, el deportista laureado, a Rafael. Ha pasado de personaje público a empresario privado, de lo popular al populismo, posiblemente sin desearlo. O si. Tal vez.
Ya he contado en blogs anteriores lo que el admirado y fallecido crítico de arte de Antena 3, Santiago Amón, le dijo al no menos querido José María García: «tu problema es buscar qué hay más allá del éxito y no lo encontrarás porque no hay nada».
He estado pensando qué aporta a la carrera personal del manacorí, su inminente entrada en la junta directiva del Real Madrid salvo la satisfacción particular de ocupar los estrados más altos del equipo de toda su vida. Un punto de fracaso en la instrucción de su tío Toni, pedagogo de la vida y conferenciante activo, al no poder inculcarle su amor por el Barça del que, al contrario que su discípulo, no pudo ser directivo.
Desde el máximo respeto a la propuesta de Florentino Pérez al incorporar un as a su mano de poker, observo la noticia sin mayor interés que el que genera cada paso de «Gerónimo», como le apodó Alejandro Delmás, «El Niño», «El Toro de Manacor» o el mejor deportista español de la historia con permiso de Joaquín Blume, «el ángel dorado», fatalmente caído a los 25 años en plenitud de títulos dentro de su especialidad, la gimnasia rítmica.
Deberíamos entender que cada indivíduo gobierna su propia vida como quiere en tanto en cuanto no dañe a nadie. No aplaudo ni silbo lo que Rafa Nadal haga toda vez que ha dejado las pistas. Ahora ya no es Rafa, sino Rafael como su abuelo. En todo caso lamento que sea del Madrid antes que del Mallorca, pero por un gusto, el mío, meramente sentimental.
