Raillo, Asencio y Gila
Amador Cortés, fubolista que fichó por el Mallorca procedente del Atlético Madrid, fue un fino interior que, una vez retirado, decidió residir en Palma y estableció un restaurante de singular éxito en la época, La Casa Gallega, en un callejón junto a la Plaza Weyler donde servía cocina gallega, de dónde era él, cuyos productos frescos atrajeron numerosa clientela. Allí se citaban amigos y no pocos amantes del fútbol, otros jugadores, técnicos, directivos e incluso aficionados.
Uno de quienes frecuentaron el local fue Lucien Muller, el francés que ocupó el banquillo del Lluis Sitjar en dos etapas y con quien yo solía ser bastante crítico, así que «el Gaita», que así le llamaban a Amador por su ascendencia, me sometió a una prueba para echarme en cara mi desconocimiento de la materia a cuya información me dedicaba. «¿Qué es lo primero que haces cuándo el árbitro pita el comienzo del partido?», me preguntó, y yo, que cacé la trampa, respondí: «Pongo mi cronómetro en marcha».
Lo cuento porque, aún siendo cierto que el fútbol no es una ciencia exacta y todo el mundo está convencido de conocerla, quienes lo practican profesionalmente y a diario, adquieren ventaja sobre aquellos que, con mayor o menor intensidad, lo vivimos desde fuera. En el alma de cada espectador anida un entrenador, labor no muy apreciada por muchos de ellos aunque se sientan vinculados al negocio. Miquel Bestard, hasta hace poco presidente de la Federación Balear de Fútbol, repetía que «los entrenadores son «llisteros», porque su único trabajo es confeccionar las listas de convocados y alineaciones. Incluso Miquel Contestí, que se mantuvo 12 años en la presidencia del Mallorca, decía en ocasiones, cuando se enfadaba con los suyos, que «cualquiera puede ser entrenador».
Así que desde mi supina ignorancia y a tenor de la tímida indignación social por la ausencia de Raillo en la convocatoria de la Selección Española, diré que su ausencia no me parece un error, ni una injusticia. Eso no implica dejar de reconocer que para el Mallorca es un buen central y que, desde luego, la llamada del joven Asencio o, ahora, la Mario Gila, igualmente formado en Valdevebas i en las filas del Lazio de Roma, solamente responden a la presión de un madridismo rancio como contraposición a la inexistente aportación del Real Madrid a la Roja.
No hay apenas españoles en la plantilla merengue y apenas uno o dos, Carvajal o Lucas, en sus formaciones. De ahí que una Federación sumisa y un seleccionador sin personalidad, tan dispuesto a ovacionar a Rubiales como a sus sucesores, sean cuantos sean, haya cumplido con el cupo aunque para ello tenga que echar mano de este tal Gila, nada que ver con el humorista, que alguien se ha acordado de que dio el salto del Castilla a la capital de Italia.
Ya nos espetaba Luis Aragonés: «¡Ma van ustedes a decir a mi lo que es un internacional!».

